jueves, 7 de junio de 2007

¿Cómo los dispositivos mediáticos de comunicación capitalistas socavan al proceso revolucionario? La conspiración del Príncipe Posmoderno


Javier Biardeau R.

En los trabajos de Gramsci encontramos la invención del príncipe moderno: del partido político como intelectual colectivo, el tema de la hegemonía y la construcción de lo que denominó una “sociedad regulada”. Con el clima posmoderno y la sociedad del espectáculo-simulacro-comunicación, es conveniente pasar a interrogar si en la época de la globalización neoliberal es suficiente una reformulación de la teoría del partido político o si se necesita una reflexión completamente nueva sobre qué podría ser el príncipe posmoderno: los dispositivos mediáticos capitalistas.

Se habla mucho de guerra mediática, de media-cracia, de conflictos de cuarta generación, de guerra psicológica. Las guerras psico-sociales están a la orden del día con sofisticadas campañas de manipulación, desinformación y confusión. El blanco móvil son las creencias y afectos de las poblaciones, sus identificaciones e imaginarios, en función de moldearlos hacia los flujos funcionales de la reproducción de la racionalidad del capitalismo. El anclaje en las pasiones, emociones y estructuras de sentimiento se realizan bajo los imperativos del narcisismo, la economía del deseo y el control capilar de los cuerpos y las identidades. Un vasto “capital simbólico e intelectual” acumulado desde las ingenierías sociales pasa a formar parte de los recursos e instrumentos de coerción/seducción de las poblaciones.

Una revolución socialista del siglo XXI pasa por confrontar todos estos dispositivos de control, represión, disciplina, incitación, seducción y normalización de los modos de subjetivación. La “idiotización política” aparece como la forma típico-ideal de devaluación del espacio público. Sobre las autopistas de comunicación e información circula a extrema velocidad la estupidez. No es casual que el histerismo aparezca luego del “destete” de cualquiera de los dispositivos mediáticos. La cañería mediática requiere depositar sus contaminantes mentales en todos los espacios. Se requiere una ecología mental para sobreponerse a la retórica permanente del desasosiego, del terror, de pánico manipulado, de la conmoción, del acoso y el derribo.

No nos hagamos falsas ilusiones. Ninguna deontología para pichones de periodistas, al parecer incapaces de reflexionar críticamente sobre los dispositivos mediáticos capitalistas podrá detener los intereses de poder de los grupos empresariales que los controlan. El príncipe posmoderno, en fin, avanza con zancadas largas, reconvirtiendo a sus críticos más implacables en operadores ideológicos de sus engranajes. Su cooptación parece irresistible. Quienes encuentran la libertad en estos engranajes saben de lo que hablan, sus cuerpos domesticados han claudicado a cualquiera de las figuras del gran rechazo. Sencillamente, han abandonado la fricción del la crítica intelectual y optan por aceitar, por masajear los dispositivos mediáticos capitalistas como aparatos de garantía de la libertad. Paradojas de la vida del intelectual critico, de la aguja hipodérmica al éxtasis de la libertad empresarial.

Estas acotaciones las hacemos al constatar que gran parte del discurso posmoderno se apoya en la centralidad de la sociedad de los medios de comunicación y de la comunicación generalizada para justificar la tesis de una aparente crisis de la narración unitaria de la historia y la emergencia de un nuevo pluralismo de concepciones del mundo, que genera condiciones de posibilidad para el desarrollo de nuevas formas de ciudadanía y de ejercicio de derechos, entre ellos la llamada libertad de expresión. Como ha dicho Vattimo (La sociedad transparente):

* Con el surgimiento de la sociedad posmoderna, los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental en el descentramiento de las visiones unitarias de la historia y en las concepciones ideológicas.
* Los medios de comunicación, contra lo que se podría pensar, no hacen que la sociedad sea más transparente (y acá discute con Habermas) sino, por el contrario, más caótica.
* la sociedad de la comunicación generalizada parece orientarse a lo que se puede denominar <>…”; El hecho de que en este nuevo mundo planteado en el contexto de la información haya gran diversidad de verdades parciales que conforman la realidad, hacen muy difícil que se tenga una visión real del mundo.
* Hay tantas realidades distintas que complica la posibilidad de abstraernos y comprenderlas a todas, es por esto que el hombre tiene interpretaciones diversas. Los dados son difíciles de analizar, por esto los datos en sí no son tenidos en cuenta, mientras que sí lo son las interpretaciones. De esta forma <>.
* Que en ese caos es donde residen nuestras esperanzas de emancipación.



La hipótesis Vattimo no nos dice nada sobre el control oligopólico de los grupos empresariales sobre los dispositivos mediáticos. Al parecer la pluralidad de sub-culturas que se expresan en los espacios de los medios de comunicación es un índice positivo de la crisis de la modernidad, sin interrogarse sobre cómo el metabolismo del capital las incorpora como segmentos de mercado, afiliación, asentimiento y de consumo.

Pero los síntomas no son solo mórbidos en el espacio de la post-modernidad. Pensadores modernos como Habermas, sostienen (siguiendo principalmente el libro Conciencia moral y acción comunicativa1) que los medios masivos de comunicación son una oportunidad para construir una sociedad de comunicación sin obstáculos, que la modernidad es un proyecto no acabado, y que “los sujetos capaces de lenguaje y acción sólo se constituyen como individuos porque al crecer como miembros de una particular comunidad de lenguaje, se introducen en un mundo de la vida inter-subjetivamente compartido”. Huxley, Orwell y Skinner con sus fabulaciones son más certeros que el clima posmoderno y modernos colonial-euro-céntricos.

No será consecuencia de actuación de los dispositivos mediáticos capitalistas el que quebrará el punto de vista unificador de los discursos de la historia. Ciertamente, la modernidad colonial-euro-céntrica es un proyecto realmente acabado, pero no será la sustitución del príncipe moderno por el príncipe posmoderno el que creará las esperanzas de la emancipación. Ya no bastan las apelaciones angelicales a la veracidad y la objetividad como inter-subjetividad críticamente orientada, o la sinceridad y la honestidad. Todas estas mojigaterías de la “comunidad de los santos”, aparecen como eslabones claves de esta presunta ética de la comunicación, así como para fundar las distinciones entre información y opinión que aparecen en los debates recientes.

Estos son residuos modernos que podrán ser codificados jurídicamente, pero será formas flotantes, se acatarán pero no se cumplirán, porque las pasiones, razones y el ethos posmoderno es impermeable a estas consideraciones. El núcleo del príncipe posmoderno es la razón cínica, y frente a esta no quedan mas vías que una revuelta plebeya de la racionalidad hegemónica.

La veracidad, objetividad y honestidad serán posibilidades contingentes en una agonística de poder. Por esto, no hay que apartar al pueblo del ejercicio de su potencia y esperar que actúen los tribunales. Además de abrir espacios para la palabra, se requiere el ejercicio directo y protagónico del poder popular sobre las tecnologías de comunicación e información. Arrancarlas de los dispositivos mediáticos para conformar con las tecnologías de comunicación e información, prácticas de comunicación contra-hegemónicas. Que el príncipe posmoderno tiemble de pánico por la presencia protagónica del poder popular en el frente cultural.

El príncipe posmoderno reconoce en su intimidad que no hay posibilidad de acceso a ninguna verdad objetiva, que solo trabaja con fabulaciones, versiones, narraciones, simulacros, juegos de verdad y perspectivas diversas. Que el príncipe impone su fábula como recurso de legitimación, que trata permanentemente de incluir imaginariamente algunos satisfactores de los deseos de sus audiencias. Frente a este supra-poder de la razón cínica no basta con apelar a Marx, Lenin o Gramsci. No estamos luchando contra un “conocimiento ideológicamente fundado e interesado”; contra velos ideológicos que traducen de manera distorsionada la realidad histórico-social. No hay rostros detrás de las máscaras. Se trata de afirmar otra verdad histórica, no de develar una verdad oculta en el discurso de los poderosos. Y esta verdad solo se construye como obra colectiva y abierta del poder popular hecho multitud en movimiento.

No basta la toma de la palabra por las “minorías sub-culturales”, se trata del acceso a la decisión política y económica. En realidad la sociedad de la comunicación se ha transformado en una herramienta capitalista, y por ende, un elemento de dominación económica y política funcional al capital. Esto es fundamental para comprender las relaciones entre discurso, acción y experiencia. Las personas, a través de los medios de comunicación, eligen entre opciones previamente seleccionadas y escogen entre variantes limitadas; estas opciones no siempre las pueden contrastar a través de diversas fuentes, por lo tanto cabría preguntarse hasta qué punto los medios de comunicación de masas se transforman en un instrumento de dominación o de liberación.

Desde nuestro punto de vista, las empresas capitalistas de producción y diseminación de opinión, información, comunicación, entretenimiento y recreación conforman aparatos hegemónicos esenciales para “controlar y autorizar” matrices de sentido y significación acerca de la realidad social, económica, política, jurídica y cultural. La naturaleza de estas empresas capitalistas las lleva a permanentes estrategias donde se combinan procesos de control del lenguaje y fabricación de narraciones e identificaciones legitimadoras. Fábulas, si, controles sutiles, si, pero ideológicamente motivadas por su articulación a los intereses empresariales. Mas que de ideologías, el príncipe posmoderno se articula como nodo estratégico de las sociedades de control de los imaginarios; sociedades de modulación flexible, de incitación, de control persuasivo de la economía del deseo, de la fabricación de narraciones, del modelaje de pasiones y afectos, de identificaciones, de la mitificación de los modos de existencia.

El príncipe posmoderno ya ha sido constituido bajo la sombra de los partidos políticos: son los dispositivos mediáticos de información y comunicación hegemónicos del capitalismo mundial. En consecuencia, hay que replantear las formas de lucha, se trata de analizar a profundidad la centralidad de los dispositivos mediáticos de información y comunicación en la construcción de formas de consentimiento, afiliación e identificación que escapan a los patrones racionalistas de interpretación de las estrategias y tácticas de dominio social. Mas que de hegemonía comunicacional e informativa, las luchas por la construcción de nuevas relaciones humanas socialistas, pasa por una contra-hegemonía comunicacional e informativa; es decir, por la imposibilidad de que se estabilice una forma de dominación concentrada a través de cualquier hegemonía político-cultural. A la violencia simbólica de los dispositivos mediáticos no se le vence con una violencia simbólica simétrica pero inversa. Se trata de otra lógica de configuración de significaciones y sentidos, apropiándose tanto de las tecnologías de comunicación e información existentes, como creando nuevas herramientas de lucha.

En la conspiración del príncipe posmoderno, la diferencia entre máquina centralizada o red descentralizada no es el foco del asunto; más bien se trata de la concentración coordinada en pequeños grupos de decisión y control de los dispositivos. Se trata de coordinaciones concentradas, a pesar de las impresiones de diseminación y descentralización. Las conspiraciones del príncipe posmoderno crean estados mayores borrosos o difusos, que operan desde arriba por coordinaciones concentradas y hacia abajo por sugestiones e incitaciones descentralizadas y diseminadas.

Se trata de circuitos paralelos de comunicación e información que deciden desde múltiples centros desde arriba, generando instrucciones diseminadas hacia abajo por una red capilar de segmentos movilizados. Primero fue ARPANET, luego INTERNET. Allí esta el reto para las nuevas formas de lucha, atacar tanto los centros del CCCI (comando, comunicación, control e inteligencia), como los enlaces que diseminan sus estrategias traducidas al lenguaje de las tácticas y consignas. La conspiración posmoderna está en marcha, se trata de crear estados de conmoción. Hasta ahora las guerras mediáticas solo pretenden paralizar al enemigo, dañar sus sistemas de orientación y atención para paralizar su decisión-acción.

Sin mapas no hay orientaciones. Poco a poco, el poder popular construirá mapas mas eficaces, porque esta lucha será larga y requerirá paciencia, prudencia y precaución. No será la ley quien detendrá las maquinaciones del príncipe posmoderno, será más bien un hecho de justicia, la potencia de hechos constituyentes.

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