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martes, 26 de agosto de 2008

HEGEMONIA Y RADICALIZACION DE LA DEMOCRACIA


Ernesto Laclau y Chantal Mouffe*

En noviembre de 1937, exiliado en Nueva York, Arthur Rosenberg concluía su reflexión acerca de la historia europea contemporánea, a partir de la Revolución francesa1. Esta reflexión, que cerraba su vida de intelectual militante, se centraba en un tema fundamental: la relación entre socialismo y democracia o, más bien, el fracaso de las tentativas de construir formas orgánicas de unidad entre ambos. Este doble fracaso -de la democracia y del socialismo- se le presentaba como un proceso de extrañamiento progresivo, dominando por una cesura radical. En un primer tiempo, la «democracia», concebida como campo popular, es el gran protagonista de los enfrentamientos históricos que dominan la vida europea entre 1789 y 1848. Es el «pueblo» (en el sentido de plebs y no de populus), las masas escasamente organizadas y diferenciadas, las que dominan las barricadas de 1789 y 1848, la agitación cartista en Inglaterra o las movilizaciones mazzinianas y garibaldinas en Italia. Más tarde viene la gran cesura constituida por la larga reacción de los años cincuenta, y cuando con posterioridad a la misma protesta popular se renueva, los protagonistas han cambiado: serán o bien los sindicatos, o bien los incipientes partidos socialdemócratas los que, primero en Alemania e Inglaterra, y luego en el resto de Europa, se afianzarán crecientemente en el último tercio del siglo.

Esta cesura ha sido frecuentemente interpretada como la transición a un momento más alto de racionalidad política por parte de los sectores dominados: en la primera mitad del siglo el carácter amorfo de la «democracia», su ausencia de raíces en las bases económicas de la sociedad, la habrían hecho esencialmente vulnerable e inestable, y no le habrían permitido constituirse en una trinchera firme y permanente en la lucha contra el orden establecido. Sería sólo con la desintegración de este «pueblo» amorfo, con la sustitución del mismo por una base social sólida como la clase obrera, que los movimientos populares habrían de alcanzar la madurez que permite encarar una lucha a largo plazo contra las clases dominantes. Sin embargo, esta mítica transición a un estadio más alto de madurez social resultante de la industrialización, y a un grado más alto de eficacia política…Continua en www.cholonautas.edu.pe

sábado, 29 de marzo de 2008

MAS ALLÁ DEL ILUMINISMO

Frontispício de Encyclopédie (1772)

EDGAR MORIN* mailto:rlanz@cipost.org.ve
L a modernidad se manifiesta a través de tres grandes mitos: el mito del dominio de la naturaleza, formulado por Descartes, Buffon, Marx; el mito del progreso como necesidad histórica que se impone a partir de Condorcet, y el mito de la felicidad.La crisis de la modernidad ha apa recido a pa rtir del momento en el que la problematización nacida alrededor Dios, la naturaleza, el exterior, se ha vuelto hacia la propia modernidad. La ciencia se mueve desde entonces en una ambivalencia fundamental.Ella produce saberes nuevos que revolucionan nuestro conocimiento del mundo, nos otorga capacidades extraordinarias para desarrollar nuestras propias vidas, pero a la vez desarrolla una gigantesca capacidad de muerte, por ejemplo, la muerte nuclear (dada la diseminación de armas de destrucción masiva) y la regresión humana asociada a la degradación de la biosfera provocada por nuestro "desarrollo".Las ciencias han producido grandes aportes en la hiperespecialización que se pagan paradójicamente en grandes bolsones de ignorancia: incapacidad de contextualizar, de conectar lo que está separado, imposibilidad de aprehender los fenómenos globales, planetarios.En el plano técnico, la misma interrogación se hace hoy. La técnica permite lo peor, como lo mejor. Nos permite explotar las energías físicas pero también las energías humanas.El conjunto de la sociedad está sujeto a la lógica de la máquina artificial, fundada sobre la racionalización y la hipercronometrización del tiempo.La gran disyunción entre la filosofía y la ciencia es hoy mucho más fecunda en la medida en la que los problemas filosóficos reaparecen en la ciencia y donde la filosofía, encerrada en sí misma, tiende a desbordarse y a no cumplir más la función de reflexión sobre el mundo humano. El pensamiento racionalizador, cuantificante, fundado sobre el cálculo y que se reduce a lo económico, es incapaz de concebir eso que el cálculo ignora, a saber: la vida, los sentimientos, el alma, nuestros problemas humanos. La crisis toca nuestros mitos mayores: el progreso, la felicidad, el dominio del mundo.El conocimiento planetario está en camino de emerger a través de la idea de Tierra-patria de las que somos sus hijos. Uno pasa así de un universal abstracto a un universal concreto, puesto que se trata de la Tierra. Es también el anuncio de una nueva civilización, en la búsqueda de la calidad de vida y el equilibrio ecológico.La ciencia está revolucionada, tanto en la física y la microfísica, como las ciencias de lo vivo para afrontar la complejidad. Uno puede igualmente esperar una metamorfosis de la técnica en el pasaje de la máquina determinista a las máquinas dotadas de cierta calidad de la vida. He allí el problema actual. Conocer la etiqueta para nombrar esta modernidad es poco importante. Lo fundamental es estar en el proceso.Más allá de la falsa precisión de los nombres es necesario insistir en comprender la modernidad como un proceso turbulento, o recursivo, donde cada elemento es coproductor de otro.En estos momentos los procesos de regresión y de destrucción aparecen como preeminencia. La probabilidad es ciertamente catastrófica.Pero como lo sabemos por la historia, lo improbable puede sobrevenir.Pienso que es necesario esperar siempre lo improbable.Ello supone un acto de confianza, de esperanza sobre ciertas capacidades genéticas de los individuos y del conjunto de la sociedad.En los seres humanos las aptitudes autotransformadoras af loran en la crisis cuando las cosas rígidas se dislocan o frente al peligro.Creo, pues, en la posibilidad genérica de una nueva universalidad por la vía de la integración de las diferentes civilizaciones del Norte y del Sur, del Este y el Oeste.El "desarrollo" (incluida su forma amigable de "desarrollo durable") consiste en seguir la vía que conduce al desastre. Insisto: es preciso cambiar la vía por un nuevo punto de partida.* Traducción: Rigoberto Lanz

viernes, 11 de enero de 2008

Paradoja del socialismo posmoderno*

Camilo Perdomo*
camise@cantv.net

A medida que uno escucha hablar del socialismo desde algunos lugares de la burocracia venezolana (de ahora y antes) sospecha que falta algo como para hacerlo atractivo.

La derrota de la reforma constitucional así lo intenta mostrar.

Una combinación de buenos deseos con el principio de realidad configuró el discurso de su promoción, de allí que cuando el señor Presidente admite que es necesario aminorar la marcha pareciera que busca esa suerte de eslabón perdido.

Soy de la modesta opinión de que en la frase del manifiesto comunista (de Marx): "La burguesía ha desempeñado, en la historia, un papel realmente revolucionario" radica un filón crítico que los amantes de manuales gustan saltarse aunque cuando son gobierno les encante la vida burguesa.

La globalización y los síntomas de la postmodernidad si bien no los imaginó Marx, pudiera decirse que lo convirtieron en el mejor intelectual de la modernidad que prefiguró ese síntoma revolucionario. Vale entonces preguntar desde el proceso político venezolano: ¿qué asociar entre producción, cambio y modernidad? Abundan los conceptos y sugiero releer la idea de tiempo y de dinero. Antes pareciera perentorio debatir esta constatación brutal: ¿cómo atreverse a decir que se vive en revolución y socialismo si la idea de dinero no se explica junto al tiempo útil de lo social? Es inimaginable vincular la idea religiosa de utopía de Tomás Moro con la derrota del cambio desarrollado por la burguesía, sólo decretando que se vive en socialismo. Marx lo supo, tanto por los logros burgueses como por el proceso político económico que inauguraba, y por eso está vigente como intelectual que, siendo moderno, sospechaba de sus síntomas. Cultores del manual son los responsables del fracaso explicativo del socialismo de origen marxista en una nación que vende el principal producto que mueve la maquinaria del capital.

La idea de cambio burgués con la idea del uso del dinero y el tiempo útil no se detiene por decreto, como tampoco fabricar otro ser humano opuesto a ese cambio es una idea necesariamente revolucionaria. De ser así, estaríamos regresando al hombre dividido entre la idea de la ciudad de Dios y el hombre real, de aquel que se nutre de oraciones mientras no tiene nada que llevar a su casa para comer, pero le han dicho que esa es una vía para llegar a la felicidad. Ese galimatías que uno lee y ve por la televisión oficial será de todo, pero no la idea de revolución crítica que imaginó Marx.

De tal manera que predefinir ese caos con socialismo y revolución la gente lo ve como algo propio del castigo seudorreligioso para expiar culpas del pasado. Mientras pasemos tres horas en un banco comercial para mover una cuenta, nos desplacemos por avenidas llenas de policías acostados y el correo no funcione, hablaremos de socialismo, pero eso ni siquiera nos acerca a la modernidad. El socialismo del siglo XXI no puede olvidar ese dato si pretende hablar en nombre de Marx.

Pareciera que no hay fórmulas claras, pero cierta racionalidad en períodos de crisis emergen, y afortunadamente el ser humano arrastra en su cerebro huellas acumuladas que aparecen en acciones para nutrir o superar los conflictos. Términos como bondad, tolerancia, piedad, y perdón están asociados con nobleza y libertad. Lo importante es recordarlo y ese es el papel del intelectual. Quien más se batió por esas ideas fue John Locke en su carta sobre tolerancia publicada en 1689; en esos tiempos la clave del mal justificado para hacer el bien era el dispositivo predilecto del mundo cristiano.

El socialismo, si es cierto que se diseña con el hombre como centro, está obligado por respeto a los datos históricos de la ciencia social a preparar a la gente para que nunca ceda su libertad y responsabilidad individual a nadie.

Pienso que las constituciones políticas cuando la gente siente de ellas ese síntoma, las defienden. ¿Por qué no leer eso en el intento fallido de la reforma constitucional?, y así no perder la maravillosa posibilidad de vivir de otra manera con una sociedad realmente ocupada de la gente.

Miradas múltiples para el diálogo, El Nacional, A-10, 11 de enero 2008.

*ULA (Trujillo)

domingo, 6 de enero de 2008

Las Condiciones Posmodernas de la Política

Rigoberto Lanz R.

rlanz@cipost.org.ve

Es preferible la restauración de un viejo pensamiento fundado en un Nuevo Modo de Pensar que la fantasía de los nuevos pensamientos que ocultan la misma vieja manera de pensar.

1- El difícil oficio de pensar... (posmodernamente)

Se dice con frecuencia que la razón Moderna sirvió para unas cosas pero para otras ya no funciona. El lugar desde dónde se piensa, las herramientas epistemológicas que sirven de sustento al pensar humano, así como las relaciones prácticas en las que se tejen las funciones cognitivas, constituyen una matriz socio-cultural que es absolutamente esencial para comprender la naturaleza de un pensamiento, el carácter de las teorías en disputa, el perfil de las corrientes intelectuales en cada coyuntura.

El debate contemporáneo en teoría política no escapa a esta regla básica. Por ello conviene tomar nota del lugar (epistémico) desde donde se postulan las formulaciones en discusión, de la "caja de herramientas" de la que se sirven, de la sensibilidad socio-cultural con la que juegan los enfoques en discusión.

Parece claro que los linderos se han desdibujado y el tráfico de un lado a otro se ha incrementado notablemente. De allí las dificultades para operar con clasificaciones automáticas o con ubicaciones intelectuales demasiado seguras. Autores y conceptos se desplazan sin cesar generando un mapa intelectual difuso e intercambiable. La confrontación no se realiza desde campos muy delimitados sino más bien en la atmósfera de "guerra de movimientos". Ello no hace más que confirmar la complejidad de los mapas intelectuales de hoy, el carácter movedizo del suelo teórico desde donde se piensa, la precariedad de las convicciones que pudieran servir de asiento para creencias más estables.

No obstante, persiste la necesidad de encontrar criterios (transitorios, abiertos, débiles) para caracterizar apropiadamente las concepciones en escena. Sin la pretensión de una calificación rápida pero sin la ilusión de que "todo vale". No podemos recurrir a las viejas fórmulas ideológicas que "resolvían" de antemano estos dilemas de identidad. Pero tampoco podemos decretar la uniformidad de criterios o el consenso falso proveniente del silencio y la perplejidad.

Una cosa es que desterremos los maniqueismos fundamentalistas que sirvieron por tanto tiempo para identificar los territorios en disputa, pero de allí no se sigue que las teorizaciones actuales carecen de topografía epistémica, de herramientas conceptuales o de compromisos con prácticas y lógicas productoras de sentido. Es en este punto preciso donde me gustaría marcar un énfasis: el modo Moderno de pensar, la lógica ilustrada de configuración de saberes, la racionalidad iluminista que está en la base de los modelos

cognitivos predominantes en los últimos tres siglos, todo ello digo, conforma un lugar del pensamiento, una significación particular de nociones, conceptos y categorías, unos contenidos propios de teorías y enfoques, una manera perfilada de asumirse en la sociedad. Es eso lo que en propiedad puede llamarse pensamiento Moderno.[1]

En el seno de ese pensamiento hay desempeños diversos (mejores y peores). No hay un único modo de ser Moderno. Lo que sí parece concluyente es que en los límites de esa Episteme hay cosas que no caben, hay lógicas que se excluyen, hay racionalidades incompatibles, hay modos de pensar que resultan a la postre antagónicos.

Lo que estoy planteando es simplemente que la lógica Moderna del pensar no sirve pare encarar la comprensión de la sociedad posmoderna. Pensar lo posmoderno desde una óptica ilustrada conduce a resultados perfectamente predecibles. Analizar la posmodernización de la cultura en clave Moderna tiene un límite infranqueable. Hacerse cargo de estos condicionamientos de base supone asumir las consecuencias del lugar desde donde se piensa, del significado epistemológico de las matrices con las que se trabaja, del estatuto socio-político de las visiones en controversia. Allí nada es inocente. No hay una sola clave posmoderna de lectura. El pensamiento posmoderno es heterogéneo y de sentidos contradictorios. Allí encontramos toda clase de matices: desde un neoconservadurismo neto, pasando por ciertas candideces en relación con el poder y su entorno, hasta tendencias abiertamente críticas que intentan hacerse cargo de la complejidad de los desafíos que la crítica misma tiene planteada en este tipo de sociedad. La autopostulación de un pensamiento posmoderno crítico no es una garantía de elaboración teórica sustantiva. Es apenas una referencia que permite una percepción matizada del difuso conglomerado del posmodernismo. Se trata de aportar algún criterio para discriminar en la bruma del "todo vale". Va en ello una apelación ética que arrastra todo tipo de dificultades. Pero nos permite de entrada identificar un cierto tono argumentativo, una forma de ética discursiva, que a la postre termina como marca de un modo de pensar. Insisto, de ello no pueden darse garantías. Está por verse si en efecto logra configurarse una lógica de los saberes que pueda albergar la denominación de posmoderna. Sospecho que sí, pero esa intuición a de recorrer (todavía) el complicado tránsito entre lo que se acaba y lo que nace.

2- La transitoriedad de las formas políticas.

Desvanecidos los núcleos duros de la racionalidad Moderna, se instala en el espacio público una atmósfera de fugacidad. Al comienzo ello ha sido vivido como crisis de lo político, como deslegitimación de las formas de gobierno, como ingobernabilidad de los tejidos sociales. Este clima de crisis sigue predominando. El tiempo transcurrido ha sido muy breve todavía. Hay siglos de por medio cuando hablamos de civilización o episteme Moderna. [2]

Las tradiciones culturales se mueven en un tiempo diferente al de los cambios en la política. Estas desiguales cadencias se entrecruzan en las prácticas sociales, en la vida cotidiana, en los tejidos intersubjetivos. La irrupción de lo posmoderno provoca una alteración de los ritmos en ambas dimensiones: tanto en la "evolución" de las tradiciones culturales, como en las velocidades del tiempo político. Podría decirse que la sociedad posmoderna se caracteriza precisamente por la emergencia de otra temporalidad, de una nueva lógica de la transcurrencia, de otra racionalidad histórica. Esta condición cualitativa cristaliza en lo político como nuevo modo de agenciamiento colectivo (F. Guattari), como sociedad empática (M. Maffesoli), como rizomatización de la experiencia intersubjetiva (G. Deleuze), como estrategia de la complejidad (E. Morin).

Este nomadismo de lo político, su disgregación factual, la ausencia de "Centros" que gobiernen la lógica de los actores, constituye un nuevo componente de lo público; no tanto por una crisis momentánea de los lazos Modernos, como por la eclosión de una nueva manera de generalizar valores colectivos, de refundar la ciudadanía, de rehacer la ética de la responsabilidad.

La transitoriedad de los vínculos hace de lo público un espacio móvil y en permanente reconstitución. Al comienzo ello suscita la imagen de la "inestabilidad", pero andado el tiempo nos percatamos de que de lo que se trata es del nacimiento de una sensibilidad que cristaliza en la proxemia posmoderna: una sociedad empática que conduce progresivamente a la configuración de un nuevo" contrato social". Insisto: no como una corrección de rumbo en el trayecto Moderno de la política, sino como la operación de otra carta de navegación.

3- El contenido multicultural del nuevo mapa de la sociedad.

De un tiempo a esta parte hemos observado una agresiva expansión de los temas asociados al multiculturalismo. Hay que decir con toda claridad que la emergencia de esta problemática es un activo político-intelectual de la posmodernidad, (tanto en la dimensión de los movimientos sociales, como en el plano de las postulaciones teóricas). Pero es menester reconocer con igual claridad que hay variadas reivindicaciones del planteamiento multicultural que no pueden calificarse sin mas de "posmodernas". Allí -como en muchos otros campos- hay matizaciones diversas que requerirían de precisiones teóricas más de fondo que nos mostraran los contornos intelectuales de cada planteamiento. Es incontestable que la experiencia antropo-política del multiculturalismo pertenece a la condición posmoderna. Pero las diversas apelaciones multiculturalistas están lejos de ser un coro uniformemente posmoderno.

Pareciera evidente la deuda intelectual de los movimientos multiculturalistas con los aportes de una antropología posmoderna (sobre manera, con aquellas tendencias que se mueven desde la cultura académica norteamericana). [3]En esa dirección se ha conformado en esta última década una cierta tradición teórica que ya tiene raíces y ramificaciones diversas. Creo que esa referencia intelectual constituye hoy un punto de partida básico para sustantivar el debate sobre el multiculturalismo.

La perspectiva multicultural en clave posmoderna ha significado un radical descentramiento de los mitos culturales de Occidente que durante siglos legitimaron variadas modalidades de etnocentrismo, eurocentrismo, antropocentrismo, falocentrismo, tecnocentrismo. No es casual que movimientos tan poderosos por su significación civilizacional como el ecologismo o la irrupción del género coincidan históricamente en el mismo torrente teórico-político del multiculturalismo posmoderno. Se trata de hecho de un pilar esencial de las nuevas realidades que converge junto con otras experiencias emergentes hacia la posmodernización de las prácticas sociales.

En el terreno propiamente político la eclosión de fenómenos socio-culturales como el feminismo, el ecologismo o el multiculturalismo, han tenido un poderoso impacto en la manera de entender las luchas democráticas, en los modos de articular intereses particulares, en la manera de canalizar demandas globales, en la forma de estructurar tejidos intersubjetivos de nuevo tipo, en los modos de vivenciar la nueva socialidad que se expresa en todos lados, en la manera de redifinir el espacio público Moderno.

Es importante enfatizar el planteamiento diferencialista involucrado en la idea misma de multiculturalidad. Es básico que la idea de diálogo multicultural vaya más allá de los protocolos procedimentales y toque profundamente la lógica relacional de la etnicidad, de la comunidad, de la regionalidad, de la "nacionalidad". Todos estos conceptos y experiencias históricas están tocadas irreversiblemente por el clima posmoderno. Cualquier reivindicación atávica de esas formas identitarias conduce fatalmente a anacronismo fundamentalistas, es decir, a la violencia.

Una perspectiva multiculturalista de corte posmoderno no significa una "igualación" etno-estética por decreto. Es absolutamente falso que una genuina democracia cultural sea equivalente a una uniformidad de la sensibilidad estética o una homogenización de las variadísimas y diferentes tradiciones culturales.

El enfoque multicultural se contenta con la reivindicación del pluralismo, la diversidad y la diferencia. Sólo eso. De allí en adelante comienzan los problemas. Uno de ellos, tal vez crucial, es la dificultad mayor de justificar prácticas aberrantes en nombre de la "identidad cultural". No voy a citar ejemplos que supongo ampliamente documentados. Sólo sugiero que debemos ser capaces de ejercer democráticamente una crítica del contenido de ciertas prácticas sociales, independientemente del sustrato cultural que las legitima. El ejercicio hermenéutico para el análisis cultural puede enriquecer nuestra comprensión de esas prácticas, pero en ningún caso puede neutralizar la impugnación de sus contenidos. En nombre de lo multicultural no se puede justificar cualquier práctica. Lo que sostengo es que necesitamos un espesor ético en la democracia desde donde la crítica no se torne automáticamente en racismo o cualquier otro modo de violencia simbólica. Me parece que una cultura política posmoderna abre esa posibilidad de diálogo multicultural, sobre manera, si se postula con fuerza el componente diferencialista de la experiencia estética, su radical diversidad, su innegociable pluralismo.

Tenemos una larga y dolorosa historia de autoritarismo cultural ejercido por el arrogante capitalismo occidental que ha dejado un desastroso saldo de violencia y muerte en todo el globo. Esa lógica no ha desaparecido mágicamente. Lo que está ocurriendo es una lenta torsión y socavamiento de las bases históricas de esos modos de producción de sentido. En eso consiste precisamente el tránsito posmoderno donde hoy nos encontramos.

4- La política posmoderna como nueva forma de socialidad.

En todos los espacios donde se dirimen formas y contenidos de prácticas sociales -el espacio político es uno de ellos- se juega también el problema de los mecanismos y dispositivos de una cierta intersubjetividad. La cuestión de la sensibilidad política alude directamente a los contenidos de la experiencia que sólo pueden ser leídas en el seno de un tejido cultura determinado.

Lo posmoderno en el terreno de la sensibilidad política toca de lleno uno de los rasgos más distintivos de esta nueva era: el cambio de los sistemas de representación, la transformación de los modos de recepción simbólica, la modificación del tiempo de la subjetividad, la alteración de las lógicas identitarias, en suma, una transformación de los mecanismos mediante los cuales se produce, distribuye y consume una cierta forma del sentido.

Lo político, es decir, el espacio público donde se dirimen los conflictos, donde se configuran las formas de socialidad, donde se conjugan las tradiciones, está afectado por las formas de subjetividad predominantes en ciertas sociedades o culturas.

Esta intersubjetividad condiciona de modo fuerte los horizontes del imaginario político, los límites más allá de los cuales se pone en juego la convivencia misma, los umbrales que hacen posible la pertenencia y la gobernabilidad.

Los modos posmodernos de leer el contexto, las claves de inteligibilidad que funcionan en una sociedad culturalmente descentrada, los dispositivos que se ponen en movimiento para recrear los lazos sociales, son contenidos de experiencia que cristalizan en las discursividades. No se trata sólo de vivencias individuales que habitan territorios intransferibles. Nos referimos más bien al tono de una "consciencia" que se nutre de la experiencia instantánea, de la empática de sentir juntos, de la convivencia horizontal, de la fugacidad de las identificaciones, de la fragmentación de las unidades de sentido, de la contingencia de las apelaciones valóricas. Esta sensibilidad traduce una cadencia de los lazos interpersonales, un ritmo de la acción social, una radical fragilidad de los consensos.

Política efímera que juega permanentemente su legitimidad. Formas institucionales en constante tensión pues no están allí por mandato de alguna evolución universal ni como consecuencia de alguna sustancia metafísica que las justifique. Las formas políticas tradicionales no tienen más opción que revisarse, cuestionarse, transformarse. Toda la majadería sobre la "universalidad" de la democracia, por ejemplo, tiene que ser resituada en el contexto de una sensibilidad posmoderna que no se asume solo como postulación estética sino como contenido de una nueva experiencia, como dispositivo de subjetividad, como mirada, como pulsión gregaria, como clima para los nuevos nexos. Desde allí las ideas tradicionales de participación, responsabilidad, ciudadanía, quedan intervenidas por estos nuevos contenidos socio-culturales.

5- La diseminación de los contenidos "duros" de los valores políticos ilustrados.

Uno de los efectos más visibles del proceso objetivo de posmodernización de la cultura es la evaporación simbólica de valores políticos movilizados en el pasado sobre la premisa de una voluntad orgánica. Ideas - fuerza como "igualdad", "libertad", "fraternidad", o sus derivados en este largo trayecto de la Modernidad que termina: "Justicia", "participación", "equidad", "gobernabilidad", han funcionado históricamente como articuladores de la conciencia colectiva, como cemento de las tradiciones democráticas, y en mayor medida, como dispositivos para el agenciamiento del poder de sus márgenes de negociación, de sus opacidades, de las formas enmascaradas o brutales de la violencia: en el mundo del trabajo, en el espacio público, en las instituciones de la cultura, en el espacio médico, en el discurso jurídico, en los intercambios etno-religiosos, en el espacio carcelario, en las relaciones de parentesco, en el universo de la dietética y la cosmética, en las prácticas de la sexualidad, en la institución psiquiátrica, en la administración del tiempo libre, en la manipulación del consumo.

Lo que se constata es un claro debilitamiento de la fuerza de esos valores políticos, un achatamiento de su poder discriminatorio, una crisis generalizada de su antiguo poder de legitimación de los sistemas políticos.

En ningún caso se trata de una extinción o de la "muerte" de la configuración valórica de la Modernidad. La experiencia histórica muestra con reiterada terquedad que las tradiciones, las costumbres, los idearios, los modos de hacer y de pensar están en constante ebullición. Sus permanencias y mutaciones no obedecen a ley alguna. Las transformaciones culturales se inscriben en registros no lineales, no deterministas. Sabemos pues que los cambios culturales se producen en contextos de extrema relatividad.

Lo mismo podría afirmarse en lo tocante a la cultura política. La pervivencia de ciertos prototipos valóricos -unos y no otros- está asociada a complejas combinaciones de contingencias, de historícidades relativas, de procesos singulares, de fenoménicas cuya contextualización es más comprensiva que explicativa.

La Modernidad política, empero, se caracterizó en los últimas dos siglos por la cristalización de un cierto ideario que adquirió en la vida práctica el tono de una tendencia "universal"; la fuerza de un sentido común arraigado en pueblos enteros, el espíritu de una valoración trans-social capaz de habilitar consensos más allá de las contradicciones y antagonismos fundados en estructuras de violencia y exclusión.

Lo que se ha evaporado es precisamente esta capacidad automática del modo Moderno de instauración de lo político para concensuar el conflicto, para gobernar las contradicciones. Lo que ha entrado en crisis de un modo tal vez irreversible es la inercia de los valores políticos de la Ilustración para imponerse como modelo "universal" y único de la convivencia humana.

Esa crisis, es bueno recordarlo, no es producida por la disputa de concepciones o por el choque de tendencias. En un primer momento el fin de la Modernidad obedece a la implosión de su propia entropía. Es su agotamiento mismo lo que desvanece sus antiguas fortalezas. [4]

La crítica explícita a la razón política Moderna siempre existió. A ella no puede atribuirse el colapso de la Modernidad como episteme, como civilización, como lógica del sentido. Del mismo modo, sería un simplismo asignarle a la crítica posmoderna de la Modernidad el poder de disolución de sus solideces. Desde luego, esta crítica algún efecto ha tenido, pero en ningún caso puede traspolarse al punto de una explicación de la caída del gran relato Moderno.

6- La radicalización de los juegos, de los roles, de los desempeños

Las condiciones posmodernas de la política deben ser leídas como fenomenología de la experiencia, como reapropiación de las prácticas emergente en un contexto de crisis, como síntomas del acontecimiento socio-cultural de esta época. No se trata de una postulación que busca ser contrastada con tantas otras postulaciones. Desde luego que hay un enfoque posmoderno de lo político (con sus claves, sus tonos y sus proposiciones). Pero ello no debe ser confundido con un cierto estado de cosas que constituye el proceso objetivo de posmodernización de la sociedad. [5]

La emergencia de una nueva sensibilidad no es sólo constatable en el terreno de los agenciamientos estéticos, es también la capacidad de los individuos -ya no como "Sujetos"- para atravesar fronteras, para imaginar nuevas formas, para vivenciar otras prácticas. Esta ebullición de la experiencia (por encima de los cascarones institucionales que aparentan estabilidad) es síntoma elocuente de lo que está naciendo. Más que la constatación periodística de la crisis de la sociedad, es la señal de una irrupción, de una discontinuidad, de una transfiguración.

Esta nueva sensibilidad eclosiona germinalmente como explosión del desempeño, como cierta performatividad, como fiesta de roles, como lúdica social. El mundo de la organización es tal vez el ámbito privilegiado para apreciar en toda su magnitud la revolución en marcha. La mecánica de la organización jerárquica ha sido destronada, la autoridad fundada en el status ya no se sostiene, la gestión despótica ha sido abandonada por la nueva lógica del trabajo; el darwinismo tecnológico instaurado ha barrido con las formas organizacionales Modernas. ¿Cómo impacta a la política todo este proceso?.

Como era de esperarse, el espacio político está tocado por la dinámica organizacional que inaugura lo posmoderno. Se trata de un proceso inescapable que reconfigura la vieja idea de participación y de pertenencia. Los fenómenos tradicionales de "liderazgo", "administración política" o "gestión pública", están siendo aceleradamente transfigurados por nuevas realidades que hablan en primer término del desempeño, de la horizontalización, de la organización compleja, de la pertinencia eco-sistémica, de la autoperformatividad.

Los nuevos impulsos gregarios son vividos como apuesta individual, como puesta en escena de la multiplicidad de capacidades, como tejido abierto de interacciones inteligentes, como rebasamiento de toda localización física de las prácticas sociales, como creciente virtualización del imaginario colectivo.

La gestión política se reformula profundamente en la doble tensión de un proceso indetenible de posmodenización de la experiencia individual y social y de una creciente presencia de un pensamiento propositivo que se asume abiertamente como visión del mundo posmoderno.

7- La radicalización de la experiencia individual como estrategia compleja

La decadencia de las formas políticas tradicionales que sirvieron en el pasado para justificar el modelaje ciudadano, para viabilizar mecanismos de poder, para manejar territorios poblados bajo la figura del Estado-Nación, ha abierto la brecha para el agenciamiento de otras formas de identificación colectiva que van aparejadas con la aparición de actores sociales inéditos, de demandas políticas de nuevo tipo, con otras formas de construcción de consentimientos -transitorios y móviles- alejados del viejo formato de la "ideología" o el "proyecto".

Ello es posible gracias a una radicalización de la experiencia individual de cara a la vieja política y sus máscaras institucionales. Esta tendencia es leída por el viejo liberalismo (de derecha y de izquierda) como narcisismo consumista, como nihilismo, como pasiva reclusión en los confines de la privacidad.

Andado un trecho, queda más claro hoy que este individualismo puede ser una estrategia complejade construcción de otra socialidad pues no viene sólo: le acompaña toda la revolución micrológica que está eclosionando como nuevos dispositivos intersubjetivos, como reequipamiento tecnológico, como re-equipamiento discursivo. El nuevo individualismo no puede verse como una extensión mecánica del "individualismo burgués". Se trata de otra experiencia producida en un contexto en transfiguración. No apreciarlo puede que produzca un tranquilizante para la consciencia Moderna, pero tarde o temprano terminará por imponerse como evidencia... y entonces ya será demasiado tarde.

8- La desjerarquización de los intercambios simbólicos

Como parece evidente hoy día, en el amplio territorio de lo organizacional se está produciendo una "revolución silenciosa" en lo que respecta al destronamiento de las jerarquías y los status. Ese proceso está conectado a un rasgo cultural del tiempo posmoderno: la horizontalización de los intercambios simbólicos.

Se trata de una tendencia creciente que es recreada en la experiencia, en la vida cotidiana de la gente. Se ha producido un estallido de las centralidades culturales que abre diversos caminos para la comunicación intersubjetiva. No hay una completa disolución del poder cultural jerarquizado. Se trata, por ahora, de una transfiguración de las prácticas culturales en donde el efecto de desjerarquización relativa tiene una importancia decisiva.

Este fenómeno no se hace plenamente visible en la actualidad por la sobreposición del consumo como práctica inmediata ("universalizada" bajo la égida del marcado y la expansión "infinita" de la producción tecno-científica). En la omnipresencia del consumo se juega hoy -de modo borroso e intermitente- el proceso de transversalización de los intercambios simbólicos, la extensión horizontal de la vasta superficie de los discursos, de las tradiciones culturales, de los nuevos agenciamientos estéticos. Contribuye a ello de un modo contundente la implantación de nuevos dispositivos tecnológicos que transforman sensiblemente la idea de comunicación, de participación, de pertenencia.

Asistimos hoy a un vertiginoso ritmo de flujos culturales, a una sorprendente velocidad de interacciones simbólicos, a una aceleración sin precedentes del tiempo de producción, circulación y consumo de "bienes" culturales: globalizados, deslocalizados, desautorizados (sin autores), desmitificados. Esta cadencia de la información y la comunicación arrastra, al menos, tres ámbitos problemáticos de cambios y transfiguraciones, a saber:

Primero, se produce una radical modificación del paisaje tecnológico que opera como soporte de la información y la comunicación. La investigación en este campo está mostrando que asistimos a una verdadera conmoción de los tejidos socio-culturales de relacionamientos a todas las escalas. Esta implantación tecnológica apenas comienza a cristalizar en condicionamientos irreversibles respecto a la imagen misma de la "sociedad".

Segundo, los contenidos discursivos que emergen de esta nueva realidad, la nueva semiosis posmoderna que aparece con la transfiguración cultural de la Modernidad, la nueva sensibilidad que se ha puesto en juego con la irrupción de la "socialidad empática", ponen en evidencia una dimensión cualitativamente distinta a la experiencia Moderna.

La calidad intrínsecamente posmoderna de la nueva sensibilidad evita el simplismo de concebir los nuevos dispositivos tecnológicos de la "sociedad digital" como una externalidad, como "medios", como mecanismo "neutros". El fenómeno es otro: la redificación tecnológica del ciberespacio social comporta una transfiguración del concepto mismo de "sociedad" con el cual se manejan las ciencias sociales. Sería demasiado ingenuo leer estos nuevos procesos a partir de anacronismos conceptuales como "medios de comunicación", "receptor", "mensaje", "transmisor".

Tercero, en el plano de la subjetividad se están produciendo mutaciones que se pierden de vista en lo que concierne a la idea de individuo que heredamos de la Modernidad. Destronada la categoría de "Sujeto", los nuevos dispositivos de sentido se producen en el radical desamparo del "individuo solitario" (que deviene solidario a través de múltiples operaciones de reconocimiento e identificación). Si lo posmoderno es antes que nada una nueva sensibilidad, ella se juega principalmente en los nuevos modos de constitución de la subjetividad: otros modos de leer, nuevas maneras de relacionarse, otras pulsiones en juego.

El estallido de lo comunicacional como síntoma del tiempo posmoderno en que vivimos está significando una compleja movilización de energías en el plano de las lógicas macro-sociales, en el terreno micrológico de la sensibilidad individual y en los contenidos discursivos que habitan las redes semióticas de esa sociedad.

Parece claro, entonces, que los discursos políticos, sus implantaciones organizacionales y la subjetividad características que convocaba en otros tiempos están siendo removidos de raíz, tanto por el impacto de su propia crisis, como por la emergencia de estos nuevos procesos que tipifican de un modo más nítido lo posmoderno.

9- El Nuevo Individualismo Posmoderno

Hemos venido refiriendo con insistencia la nueva figura de la individualización posmoderna, que no debe ser confundida como simple extensión del individualismo liberal. La caída de los grandes referentes de sentido, el colapso de los meta-relatos historicistas, el eclipse del "Progreso" y demás categorías Modernas del "cambio social" crean el clima propicio para el desarrollo de diversas tonalidades de la subjetividad posmoderna. Allí encontramos una amplia gama de experiencias que van desde un nihilismo narcisista, hasta la lógica tribal que estaría fundando la nueva "socialidad ampática". En medio de esa amplia zona puede identificarse todo un espectro de prácticas y relaciones caracterizadas por la fugacidad de los lazos, por la liviandad de los nexos, por la pulsión hedonista que las arropa. En todos los casos, lo que está primando es una radicalización de la experiencia como referente inmediato del sentido, como generador de las nuevas identificaciones.

El viejo discurso político tiene muchos problemas para relacionarse con esta nueva realidad. A simple vista, estos procesos de descomposición llevarían a la psicología de la "antipolítica ". Parece evidente que las viejas formas de la política tienen dificultades crecientes para conectarse con los fenómenos de posmodernización objetiva de la sociedad. Desde la política tradicional se interpreta todo esto como "falta": de conciencia, de participación, de interés colectivo.

Los nuevos desafíos de un pensamiento político posmoderno pasan por recuperar la experiencia individual como lugar privilegiado para refundar un "nuevo contrato social", para responder de algún modo a la angustiante pregunta: "¿Podremos vivir juntos?"[6] (*) No se trata de "corregir" la "falta" que estaría instalada en los comportamientos desagregantes de la individuación posmoderna. Parece más bien que se trata de procesos irreversibles que irán encontrando modalidades inéditas de refundar lo colectivo, de reconfigurar los horizontes comunitarios, de transfigurar la experiencia de la participación, de la comunicación, de la pertenencia. Tal vez no haya que conformarse con la simple evolución espontanea de estos procesos. Pero sería una ilusión pretender estructurar una "voluntad orgánica" que conduzca hacia algún lugar a estos miles de millones de seres humanos desencantados.

10- La ecologización de los horizontes de realidad

Hace mucho tiempo ya que lo ecológico se incorporó a las condiciones de pertinencia en muchas esferas del desarrollo social. Sea en la forma de un ambientalismo más o menos insípido, sea bajo la modalidad de una crítica radical de la razón técnica imperante, este componente ecológico del sentido común ha introducido una dimensión cualitativamente nueva en la construcción de imaginarios colectivos.

No sería demasiado utópico imaginar estados de desarrollo de la consciencia colectiva donde las demandas políticas incorporen de un modo fuerte criterios de pertinencia ecológica para el desempeño de los actores sociales. La idea misma de comunidad estaría intervenida desde una perspectiva ecodemocrática: tanto en lo que respecta a la sustentabilidad material de la vida comunitaria, como en lo que concierne a la producción de equilibrios eco-culturales a cuyo interior se despliega cada potencial individual y los tejidos intersubjetivos que hacen singular la experiencia de cada sociedad.

En adelante, la perspectiva ecológica estará incorporada en el horizonte discursivo de los nuevos actores. Ha ello ha contribuido la crisis misma de los modelos eco-depredadores que han operado impunemente durante siglos. Los diversos movimientos ecologístas han hecho su aporte en la cristalización de un cierto espesor cultural que traspasa los distintos ambientes (leyes, educación formal, valores ciudadanos, etc). Ello ha permitido que el debate pueda penetrar más allá del límite funcional del conservacionismo. De ese modo, las distintas teorías eco-sistémicas rebotan hacia ámbitos insospechados removiendo viejos conceptos e introduciendo una nueva problemática a ser pensada. Es eso precisamente lo que está aconteciendo en el ámbito político: no sólo tenemos hoy nuevas demandas en la agenda de intermediación de la "sociedad civil", en el Estado y los grupos económicos de todo tipo, sino que la ecologización de los horizontes de mundo replantea de modo muy sensible el propio espacio de lo público y las discursividades que allí circulan. Se trata de un nuevo dispositivo de subjetividad, de una sensibilidad que conecta naturalmente con otros ámbitos (el género, el multiculturalismo, etc).

El debate teórico sobre las vicisitudes de la política continúa su curso (entre el escepticismo de la voluntad y la terquedad del intelecto); las interpretaciones de lo que está ocurriendo seguirán nutriendo las distintas formas de imaginario colectivo (un poco de saturación periodística a falta de acontecimientos, un poco de picardía epistemológica a falta de paradigmas protectores); la gente termina involucrada de manera muy heterodoxa en la escena pública, incluso en aquellos casos en los que la "antipolítica" ha corroído todo vestigio de participación y pertenencia. El viejo compromiso ideológico ha dado paso a un clima evanescente de "no me gusta". Cualquier convocatoria trascendente a la usanza de los grandes metarrelatos iluminístas es respondido con este lacónico desparpajo: "no me interesa".

La vieja izquierda sigue reproduciendo el socorrido esquema del "reflujo de masas", la "alienación del pueblo", la "falta de consciencia". La vieja derecha está tentada a interpretar esta nueva sensibilidad como el triunfo del "individualismo liberal", como el reino de las "fuerzas ciegas del mercado". En el breve desarrollo de este texto ha quedado claro que se agotó el espacio intelectual para este género de interpretaciones.

Otros vientos anuncian posibilidades nuevas para el pensamiento político. Hay señales cada vez más visibles de una renovación teórica en profundidad. No se trata de una evolución indolora. Han transcurrido varios años de traumatismos, disputas despiadadas e incomprensiones. Estos signos siguen presentes atenuados apenas por el debilitamiento de las convicciones y por la bruma de un horizonte político inasible.

Lo que se ha querido destacar es la imperiosa necesidad de hacer cargo de la doble crisis que afecta al "contrato social" Moderno crisis de la experiencia política (en tanto deslegitimación de las formas de representación, de los modelos de gestión, de los sistemas de mediación, de las cadenas identitarias, de la ética de responsabilidad) y crisis de la ciencia política (en tanto colapso de racionalidades y paradigmas cognitivos).

Hemos querido resaltar la importancia de situarse en una perspectiva crítica que haga posible la reapropiación de positividades emergentes en un contexto de crisis. De ese modo sería posible una apuesta por el rebasamiento del narcisismo consumista hacia una revalorización de lo colectivo. Sería tal vez esperable un desplazamiento de la reclusión ultra-individualista hacia una prefiguración de la lógica comunitaria.

Desde luego, todo este complejo movimiento de experiencias y pensamientos en ebullición transcurre en la ambivalencia de una Modernidad que resiste y una posmodernidad embrionaria. Esta tensión "contamina" todas las prácticas emergentes y martiriza las fecundaciones cognitivas en curso. Esta dialógica entre un presente agónico y un alumbramiento hacia el futuro (E, Morin) está presente en todas las esferas de la acción y el pensamiento.

Desde América Latina se vive este complejísimo proceso con un sustrato fuerte de relaciones sociales prepolíticas, es decir, en tejidos sociológicos carentes del espesor cultural de la democracia, la ciudadanía, la civilidad Moderna. Ello retrata crudamente la persistencia de los viejos modos de cohesionar la sociedad: hegemonía, explotación, coersión.

No son éstos rasgos laterales que pudieran atribuirse al capitalísmo atávico o al folklore de un neoliberalísmo variopinto. Se trata en verdad de realidades brutales de exclusión y violencia que no dejan lugar para los matices y las sutilezas. El proceso objetivo de posmodernización de la cultura se sincretiza perversamente con el catálogo de aberraciones socio-políticas de este continente.

De allí no se sigue que debamos justificar la denuncia retórica, el abstencionísmo imponente o la violencia desesperada. Solo significa que la cuestión del poder sigue siendo el núcleo fuerte a partir del cual pueden desplegarse otras formas de pensamiento y acción. El tono posmoderno crítico donde se inscribe esta reflexión no puede sustraerse al compromiso innegociable contra estas -y otras- formas de dominación.



[1] Que no es único, que permite crítica y distanciamiento, que ha evolucionado en distintas direcciones, es asunto de otro orden.

[2] Me he ocupado de esta cuestión en algunos capítulos del libro Temas Posmodernos, Caracas, Edit. Trópykos, 1998.

[3] Con claros antecedentes en las pugnaces críticas al estilo de P. Clastré, hasta las contundentes tesis de teóricos como C. Geerzt, G. Clifford, S. Tyler, Boaventura de Sousa Santos etc.

[4] Es la misma lógica que nos permite comprender el derrumbe -autopropulsado- del imperio Soviético.

[5] Del mismo modo que no cabe confundir Modernidad con modernización

[6] Alain Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, Buenos Aires, Edit. FCE, 1998.

La revolución no es como antes *

Rigoberto Lanz R.
rlanz@cipost.org.ve


Eso de que "todo lo anterior siempre fue mejor" es una manera bastante primaria de expresar la nostalgia de los mayores, sobre todo, aquellos que sufren horrores con los avatares de la hipermodernidad, con la turbulencia de la vertiginosa vida urbana, con los desafíos del teletrabajo y sus imbricaciones intelectuales. La gente que murmura demasiado sobre los agites de estos tiempos suele anclarse en el pasado con el poderoso argumento de una salsa brava: "La cosa no es como antes".

No es para menos. Ya casi nada queda en pie. Las solideces se han licuado y las certidumbres también. Los paradigmas hechos añicos y las ideologías dan pena. El canon está por el suelo y los dioses andan a la deriva. Hace rato que se ha decretado la "muerte" de casi todo. Sobremanera, de una cierta forma de pensar. Las viejas seguridades de la ciencia son hoy una pamplina. Las grandes Teorías (así con "T" mayúscula) son ahora simples "relatos" que no dicen nada. Asistimos al fin de la política entendida casi de cualquier manera. Los gestos de politólogos y cientistas políticos son pura gimnasia. Las utopías y la idea misma de "revolución" son anacronismos de la vieja izquierda que de tanta pereza intelectual perdió el tren de la historia.

En esas condiciones es fácil que la nostalgia de los viejos tiempos donde primaban las identidades fuertes y los paraguas de los robustos paradigmas, resuenen en los corazones desconsolados de tantos dirigentes de izquierda. Es psicoanalíticamente comprensible que la crisis profunda de la modernidad le haya movido el piso a una generación completa. Desde ese subsuelo existencial es un poco difícil entender "por dónde van los tiros". El patetismo epistemológico de muchos análisis provenientes de este campo hurásico es algo que se entiende mejor con los antecedentes del desplome del socialismo burocrático y la bancarrota del marxismo manualesco que tanto entretuvo a la vieja izquierda latinoamericana.

Para esa mentalidad decimonónica las noticias no son buenas. El panorama que viene es de una radical profundización del cambio epocal, que hace rato se ha instalado en todo el mundo. Las supervivencias de la modernidad forman parte de la transición en la que hoy nos encontramos. Muchos compatriotas se aferran angustiosamente a las migajas de esta agonística epocal. Los más despistados apenas si logran enterarse de qué se trata.

Los aires progresistas que se viven en América Latina no pueden leerse como una vuelta a los tiempos heroicos de la legendaria guerrilla latinoamericana. Las transformaciones verdaderamente hondas que están planteadas provienen de otros horizontes teóricos, de otra catadura ética, de una nueva sensibilidad que pasa por un revolcón estéticoepistémico de marca mayor.

En ese contexto la idea de "revolución" está profundamente replanteada. No para ablandar su filo transformador en nombre del "realismo" sino para que el espíritu emancipatorio sintonice con el tiempo posmoderno donde nos toca objetivamente convivir. Esa no es una elección arbitraria que cada quien hace según los caprichos del espíritu. Se trata más bien del más contundente vector de la realidad cultural en donde podríamos refundar lo político. Con la vieja "caja de herramientas" no entendemos nada. Con las antiguas agarraderas de la "ideología proletaria" no vamos ni a la esquina. Los desafíos teóricos del presente son demasiado empinados para dejárselos a los cascarones inútiles de los partidos. Los retos de inventar nuevas formas de gestión política son algo demasiado serio como para entregárselo a los funcionarios de Estado.

¿Entonces? No queda otro chance que el estrecho sendero de la imaginación crítica, del talante creador de tanta gente por allí desperdigada. Sin pretensiones de "verdad" y sin la arrogancia de una encarnación "revolucionaria". Si algo interesante está aconteciendo en el mundo intelectual proviene de esos intersticios. La experiencia de los movimientos moleculares que se desparraman por todos los poros de la socialidad naciente es justamente el fermento de lo que está por-venir. Esa experiencia no tiene "dueño".

* Miradas Múltiples para el Diálogo, El Nacional, A-10, 6-01-2008

lunes, 19 de noviembre de 2007

Pensar la compejidad

SALVADOR PANIKER 18/11/2007

Publicado en el país.com

Desde hace ya bastantes años las ciencias sociales y las ciencias duras convergen -o deberían converger- en un nuevo modo de pensar especialmente relacionado con el concepto de complejidad. Ello es que pensamiento sistémico / cibernético, ecología, autoorganización, teoría del caos, globalización, complejidad, etcétera, todo ha sido un proceso concurrente con unas bases teóricas bastante firmes. No estará de más recordar una parte de este proceso.

Ya en 1948 Warren Weaver había publicado un célebre artículo titulado, precisamente, Ciencia y complejidad. No mucho antes, Norbert Wiener había formulado la propuesta de una nueva disciplina llamada cibernética. Vinieron luego la teoría de la información de Shannon, la teoría de la computación de Turing, la algorítmica de Kolmogorov, los libros de Edgar Morin... Así se fue gestando lo que hoy llamamos "paradigma de la complejidad organizada", para distinguirlo del de la complejidad desorganizada, nacido en el siglo XIX, con la termodinámica y la mecánica estadística. Surge el concepto de autoorganización, que tiene su origen en los primeros años de la cibernética, cuando los científicos comienzan a construir modelos matemáticos para las redes neuronales. Más tarde, Heinz von Foerster explica el principio del "orden a partir del ruido", Ilya Prigogine expone la teoría de las "estructuras disipativas", se comprueba que la descripción matemática de estos fenómenos es en términos de ecuaciones no lineales, comienza a hablarse de complejidad "emergente". Se generaliza el concepto de ecología.

Pensar la complejidad es, en todo caso, descubrir ambigüedad, interacción y ambivalencia donde antes sólo veíamos simplismo. Decía Durkheim que no se puede deducir la sociedad del individuo porque no se puede deducir lo complejo de lo simple. Hoy lo vemos de otro modo: lo supuestamente simple (el individuo) es tan complejo como lo complejo (la sociedad). Lugar de encuentro de mil instancias diferentes (ecológicas, culturales, genéticas, históricas, ideológicas), el individuo es, como mínimo, tan complicado como el conjunto de esas instancias. (Naturalmente, la mayoría de los individuos son sólo caricaturas de su latente complejidad; pero ésa es otra cuestión). El caso es que un principio holográfico ("el todo en cada una de sus partes") atraviesa el universo, lo complejifica, lo somete a una dialéctica nueva, una dialéctica de autonomías.

Pensar la complejidad implica repensar lo político, entre otros mil asuntos a repensar. Y dentro de lo político, propiciar nuevos espacios de hibridación y de consenso. Consideremos, por ejemplo, la vieja distinción Derecha-Izquierda. Se trata de una distinción (relevante especialmente en países como el nuestro, con

una derecha todavía no secularizada) que procede del siglo XIX, de cuando se oponían los principios de libertad y autoridad, los derechos del individuo y las coacciones del poder. Pero sucede que hoy las posturas casi se han invertido; o, mejor dicho, se han entremezclado. En el siglo XIX la izquierda era antiestatalista -el Estado se consideraba un instrumento al servicio de la clase dominante-. Hoy la derecha defiende que cuanto menos Estado, mejor, mientras que la izquierda confía en el Estado para defender a los débiles. El liberalismo, que fue de "izquierdas" en el siglo XIX, ¿a quién pertenece ahora? Los sentimientos patrióticos, que fueron un invento de la Revolución Francesa, ¿quién los invoca hoy? El nuevo liberalismo pretende apoyarse en bases científicas relacionadas con la complejidad. Si se defiende el mercado como mecanismo autorregulador es porque se piensa que el mercado es un mecanismo más sofisticado -y más sofisticado, en parte, porque más aleatorio- que cualquier ordenador central. El mercado es más ambivalente: genera, a la vez competición y confianza. Pero el mercado, que nunca opera en situación de competencia perfecta, y que deja infinidad de problemas sin resolver (como por ejemplo en sanidad, en educación, en infraestructuras), ¿es de derechas, es de izquierdas? En fin, la ecología, que es un movimiento claramente "conservador", ¿es de derechas, es de izquierdas?

Ser de derechas o de izquierdas no resulta ya discernible con criterios exclusivamente económicos. Así, en muchos países, la Izquierda gobernante asume hoy sin inquietud buena parte del paradigma liberal. Las lecciones de la historia son ahí muy claras, y la izquierda es centroizquierda. Casi nadie piensa hoy en acabar con la sociedad de clases o en nacionalizar los medios de producción. Se sabe que el Estado suele ser ineficaz, torpe y burocrático. Se ha asumido la crítica de que el Estado del Bienestar puede crear ciudadanos demasiado pasivos. También la izquierda quiere un contrato entre el Estado y los ciudadanos que incluya tanto derechos como responsabilidades. ¿Cómo entonces delimitar el ámbito de la izquierda?

Desde un punto de vista académico fue muy relevante la aparición en 1971 de Una teoría de la justicia de John Rawls. La discusión se sofisticaba. Rawls reconocía que los individuos somos diferentes, pero planteaba qué tipo de desigualdades socioeconómicas son justas y qué otras no lo son. Son justas las que garantizan la igualdad de oportunidades. Un punto de vista que sería asumido por la mayoría. Con lo cual, se diría que la delimitación derecha-izquierda se plantea hoy, ante todo, en el terreno de los valores, en la lucha (o no) por una sociedad cada vez más laica, en materia de derechos sociales y de costumbres. Sucede que, en cierto modo, ser de derechas o de izquierdas es ya más un asunto de talante que ideológico. Por ejemplo, se puede ser de izquierdas y defender la construcción de centrales nucleares, el consumismo, la publicidad, la televisión. Se puede ser de izquierdas y ser contrario a Fidel Castro, a los nacionalismos, a la energía eólica. Se puede ser de izquierdas y no confundir servicio público con servicio estatal. ¿Definición del talante de izquierdas? Es una cuestión de prioridades y una cuestión de sensibilidad. Tal vez quepa decir que ser de izquierdas es ser sensible al sufrimiento ajeno y no resignarse al mismo. La defensa de los débiles. Lo que ocurre es que algunos conservadores también querrían apuntarse a esa etiqueta. Y también ocurre que tras el fracaso de los grandes mesianismos escatológicos estamos todos muy chamuscados.

El caso es que hay ya muchas maneras de ser de izquierdas. La izquierda es una ideología que, felizmente, se ha desmigajado. Así, por ejemplo, para remediar los males sociales, la nueva izquierda ya no cree en totalitarias utopías sino en una praxis hecha de actitudes individuales libres. (Y dicho sea de paso, para los que tendemos a la moderación política nos es mucho más fácil ser de izquierdas hoy que hace unos años).

Nada tiene de extraño, pues, que en la era de la complejidad encontremos inesperadas convergencias. Al fin y al cabo -pongo por caso- la "mano invisible" de Adam Smith y la interacción entre tesis y antítesis en la dialéctica de Hegel y de Marx son ejemplos de una misma autorregulación cibernética. Así, ya digo, no nos sorprenden algunas nuevas e inesperadas afinidades. Por ejemplo, existe un cierto denominador común entre el "enfoque sistémico" de Edgar Morin, el "orden social espontáneo" de Von Hayek, los "sistemas autopoiéticos" de Varela y Maturana, las "estructuras disipativas" del ya citado Prigogine, el "orden a partir del ruido" del también mencionado Von Foerster, el "constructivismo" de Paul Watzlawick. ¿Qué tendrían en común, políticamente hablando, todos estos autores? Poca cosa. Digamos que su lugar de encuentro no es político sino epistemológico: todos ellos -de "derechas" o de "izquierdas"- han participado en un esfuerzo compartido por pensar la complejidad. Y ésa es la cuestión prioritaria.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La política ha muerto, viva "lo político"

Rigoberto Lanz

¡La política ha muerto, viva “lo político”! La modernidad política se ha esfumado de varias maneras: por agotamiento de los discursos, por irrelevancia de sus formas, por la vacuidad de sus modelos de representación.

De esa profunda crisis no hemos salido. De la perplejidad posmoderna a la construcción de alternativas nuevas media un trayecto que está aún por transitarse.

Peor todavía si nos encontramos en contextos como el latinoamericano, donde ni siquiera pudimos edificar una cierta modernidad periférica que sacara algún provecho de la experiencia europea. Cambiamos modernidad por modernización y terminamos heredando lo peorcito de la experiencia política ilustrada.

El tortuoso camino del “desarrollo” en América Latina ha estado asociado al no menos dramático itinerario de la vida pública en la región. De una dictadura a otra, por estos predios es poco lo que va quedando para imaginar formas políticas de nuevo tipo que sintonizaran de algún modo con la enorme riqueza antropológica del continente.

Las incrustaciones democráticas no han sobrepasado los rituales electorales y los cascarones institucionales más inútiles. La partidocracia se encargó de hacer el resto: convertir las prácticas mafiosas en una verdadera subcultura de la corrupción. La debacle de la política es el denominador común más generalizado en la región. El brutal desprestigio del oficio político ha sido tan hondo que se llevó en los cachos el concepto mismo de “lo político” como espacio instituyente de cualquier socializad.

De allí venimos. La antipolítico funcionó por un rato como divertimento para que cantantes y modelos hicieran su pasantía por el espacio público. El fin de la política ha significado en América Latina algo mucho más profundo que la metáfora del fin de la historia en versión del Norte. La ruina de las parafernalias democráticas, cínicamente funcionales con las atrocidades de la miseria, la violencia y la exclusión, corre pareja con la evaporación de los “grandes relatos” de la redención. De la “liberación nacional” a la guerra de guerrillas, del “nacionalismo” a los “países en vías de desarrollo”, el desenlace siempre fue el mismo: perpetuación de las oligarquías criollas siempre en matrimonio con los capitales foráneos (lumpen-burguesía, le llamaría André Gunder-Frank).

El pueblo, las masas, la multitud… qué más da si lo único palpable ha sido la reproducción incesante de lo mismo. La gente se alzó mil veces y mil veces fue aplastada. De crisis en crisis –en los límites agonísticos de un continente inviable- llegamos a esta hora que significa un despertar para las pocas esperanzas que fueron quedando por allí esparcidas.

Lo que ocurre políticamente hoy en América Latina es justamente un revolcón simbólico donde los sueños han tomado la palabra, lo imposible se aproximó relampagueante, lo utópico pugna por untarse de realidad (“Nunca tan cerca retumbó lo lejos”, diría César Vallejo). Este viraje a la izquierda que se observa en el mapa político de la región está significando una reanimación del espacio público, que viene acompañada de una gran efervescencia de la participación, de la conciencia política, de la voluntad de lucha. Los grandes –y realmente graves- problemas de la región latinoamericana persisten en esta coyuntura. Lo nuevo es tal vez la emergencia de un actor que fue históricamente silenciado: el pueblo.

Este “resurgimiento de la política” (como gustaría decir al amigo Miguel Ron Pedrique) podría terminar por revitalizar la vida ciudadana dándole a “lo político”, otra vez, el chance de refundar la convivencia, de instituir una nueva socializad, de poner en escena un nuevo contrato social. Las revueltas populares del siglo XXI no son ya las montoneras acaudilladas por aventuras despóticas de los siglos pasados.

De la guerrilla zapatista en México a la etno-política que nos proponen los bolivianos, pasando por el ensayo venezolano, hay un rico abanico de experimentación que coloca al continente latinoamericano en un excepcional horizonte de posibilidades, de cara a lo que acontece en el resto del globo.

Fuente: El Nqcional, 26-08-2007

martes, 3 de abril de 2007

La ingenuidad del "Socialismo Científico" (Prólogo)

Rigoberto Lanz

La valoración de una obra como esta no puede prescindir de su ubicación histórica. Por el contexto se entiende lo que de otro modo resultaría enteramente injustificado. De cara a la coyuntura política e intelectual de Europa de finales del Siglo XIX es posible comprender el interés por ciertos temas, la prevalencia de conceptos y visiones, el peso específico de autores y corrientes de pensamiento. Fuera de ese ámbito todo se vuelve nubarroso. La manera como F. Engels polemiza con sus rivales, el modo como enfatiza sus argumentos y el curso que van tomando las ideas en aquel momento son síntomas demasiado apegados a la coyuntura centro-europea de aquellos días. Ese no es un rasgo distintivo de este tipo de autor sino una condición bastante generalizada de los modos de producción de conocimiento, y sobre manera, de las modalidades de recepción de enfoques socio-políticos altamente conectados con los conflictos y antagonismos de la sociedad.

F. Engels, más como “traductor” y divulgador de la obra de Marx que cualquier otra cosa, vio con mucha claridad el chance de impactar la escena política desde la plataforma intelectual del marxismo. Dato nada despreciable si tomamos en cuenta la naturaleza profundamente praxística de la visión teórica de Marx y el interés concomitante por el espacio público, es decir, por la política. Estamos en presencia de un pensamiento hondamente imbuido de la necesidad de vinculación con la realidad. El binomio teoría y práctica será por largo tiempo la palanca maestra para combatir al “idealismo”, para demarcar las controversias entre los revolucionarios, para sustentar las tesis del “Materialismo Dialéctico”, para justificar las orientaciones políticas de cada tendencia.

La agenda de problemas era casi ilimitada en esa coyuntura. Un intelectual como F. Engels no podía darse el lujo de omitir una opinión en terrenos tan disímiles como los que cupiesen en los grandes paraguas enciclopedistas. Sobre manera, si de esos temas en debate podía derivarse alguna incidencia de orden político. Esa es la fuente que explica el interés de F. Engels por darle un asidero “científico” a las ideas del socialismo que circulaban por aquel entonces. Tanto la idea de lo “utópico” como la noción de lo “científico” corresponden en este constructo epistemológico a una positivización de la teoría crítica que estaba en embriones. Veremos que esta temprana deriva epistemológica será llevada hasta sus últimas consecuencias por el stalinismo en el siglo XX.

¿En qué consiste lo “utópico” del “socialismo utópico”? [1] En la mentalidad reinante la idea de utopía está fuertemente cargada de los perfiles de “idealismo”, fragilidad, especulación, ensoñación, lejanía. Justamente el socialismo criticado por F. Engels está representado por las fantasías de un imaginario muy lejano donde el ideal de una nueva sociedad no encuentra ningún asidero. Lo “utópico” es así fácilmente descalificado como un ideal sin fundamentos. ¿Cuál es la debilidad básica de esta visión?

Lo que no puede verse en una perspectiva positivista del conocimiento es la enorme fuerza subversiva que puede encarnar una construcción anticipatoria del mundo. La dimensión utópica puede jugar un rol emancipatorio en la medida en que cuestiona lo existente a partir de un imaginario que no puede ser contenido en el status quo reinante en un momento dado. Pensar utópicamente puede significar una irrupción de las lógicas instaladas y por ello mismo suscitar rupturas profundas con los moldes establecidos de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero. F. Engels forma parte de los entusiasmos Modernos por el “progreso” fundado en las “leyes positivas” de la naturaleza (no hay que olvidar una pieza de leyenda en este terreno como su libro Dialéctica de la Naturaleza, verdadero canto positivista con el que se justificó el modelo eco-depredador que nos trae hasta los horrores de estos días en materia medioambiental)

El desdén por la dimensión utópica del pensamiento no es un “defecto” de las elaboraciones engelsianas sino una condición del clima intelectual de la época, una suerte de sentido común fuertemente incrustado en la atmósfera ilustrada que tanto deslumbró a la élite marxista más connotada (Marx incluido) Suponer que la racionalidad científica estaba “por encima” del talante utópico del espíritu es típico de la arrogancia racionalista del iluminismo. Este componente acompañará a buena parte de las vanguardias intelectuales de la izquierda mundial y no será sino bien entrado el Siglo XX cuando encontraremos las verdaderas impugnaciones epistemológicas al modelo cognitivo de la Modernidad, a su ética y a su estética. Una ecología política radicalmente anti-Moderna no verá la luz sino en la última mitad del Siglo XX; para ello han debido ocurrir dos fenómenos paralelos: la crisis profunda del discurso de la Modernidad y la irrupción de una sensibilidad posmoderna que inaugura otra manera de pensar. Una brutal saturación de la intersubjetividad del “sujeto” Moderno y la explosión de nuevas socialidades que inauguran formas de vida cualitativamente distintas.

Por el lado de la hegemonía del paradigma científico que inaugura la Ilustración hay que decir con toda claridad que el pensamiento de F. Emgels es enteramente funcional a la lógica epistémica dominante. La guerra a muerte al pensamiento burgués y la diatriba contra el “idealismo” en nombre de una ideología “proletaria” dibuja el mapa auto-referencial que evitará toda discusión sobre la naturaleza misma de la episteme Moderna. El radicalismo político de esta élite es credencial suficiente para legitimar de entrada los trasfondos epistémicos que se dan por sabidos. El rabioso anticapitalismo de F. Engels contrasta con su candidez epistemológica para asumir el discurso científico. La pelea feroz contra los “idealistas” de la época oculta de algún modo la inocencia con la que es tratada la problemática de fondo de los modos de producción del conocimiento. El positivismo implícito en esta posición es un ingrediente del clima intelectual de la Modernidad. Eso se entiende. Resulta menos comprensible el sospechoso silencio de esta inteligencia radical sobre la lógica misma de la civilización burguesa que se instaura. La furia de la “lucha de clases” en el terreno político ocultó sistemáticamente el substrato de la racionalidad epistémica que funda la civilización del capital.

Una visión escatológicamente anti-utópica es al mismo tiempo una postura apologética del paradigma científico que impone la Modernidad triunfante en el Siglo XVIII. Este libro de F. Engels en una muestra emblemática de esta doble deriva del marxismo originario. Derivas éstas que se agravaron en la medida en que la experiencia histórica de los socialismos reales fue cogiendo cuerpo como aparatos de poder. Buena parte de la historia del marxismo del siglo XX, así como el trayecto de las experiencias del socialismo burocrático en todos lados, están teñidas de este substrato intelectual de origen. F. Engels es un ícono de este pecado original que marcará el rumbo del discurso oficial de la izquierda (la que se desempeñó en el poder en los países del Este y la que sobrevivió los avatares de la lucha por el poder en el resto del mundo)

¿Qué nos enseña hoy un libro como este? ¿Qué aportaría F. Engels al debate sobre el socialismo en Venezuela?

La primera lección es la comprensión del sentido de este debate a finales del siglo XIX. Ese contexto es altamente explicativo de la pertinencia de conceptos, métodos, agendas, interlocutores e incidencia política del debate. Las discusiones no se hacen en el aire. Los destinatarios de estas discusiones traducen una clara intencionalidad política que condiciona fuertemente el lugar desde donde se mira la realidad. Esa no es una “debilidad” del análisis sino una condición histórica que habla del compromiso ético de autores que son al mismo tiempo luchadores revolucionarios a tiempo completo.

Por otro lado la experiencia engelsiana ilustra bien la dificultad mayor (palpable en estos días) de demarcarse en serio de los presupuestos epistemológicos que están en el punto de partida. De esta dificultad nace la permanente ambivalencia de un pensamiento que proclama vehementemente el fin del capitalismo sin poder de verdad hacerse cargo del substrato cultural más caro de la civilización burguesa: su Razón. Esta inconsistencia pasó de la anécdota accidental a constituirse en una constante estructural de todo el pensamiento crítico hasta nuestros días (sea que tengamos como referencia el mundo político, el universo ético, la vida estética o la experiencia afectiva)

Por su lado, el pensamiento libertario que se abre paso en medio de la bruma ha comenzado por revalorizar la dimensión utópica de la existencia, a tensar los códigos establecidos hasta que estallen, a cuestionar el “realismo” de la militancia ciega justamente por su carencia de una entonación poética que conecta la idea de revolución con un auténtico trastocamiento del sentido dominante. La utopización del pensamiento supone su radicalización de cara a la prudencia de lo “políticamente correcto”. No se trata del clásico ejercicio abstracto de un intelecto fugado de la realidad. Una utopía emancipatoria es otra cosa. Camina por los senderos de la imaginación creadora, de la mano de una subversiva voluntad de transfiguración de lo existente. La lucha pura y dura contra las lacras del poder (explotación, hegemonía y coerción) no garantiza automáticamente un contenido revolucionario de prácticas y discursos. Una sensibilidad humanista y justiciera puede ser suficiente para que legiones de habitantes del planeta acompañen por un tiempo las luchas socio-políticas contra las atrocidades del capitalismo salvaje. No digo que esto sea desdeñable políticamente. Lo que estoy sosteniendo es que eso no puede ser confundido con revolución. Cosa bien distinta es admitir que en la larga marcha por conquistar espacios de libertad, es decir, en el complejo proceso de deconstrucción de los tejidos dominantes, es menester transitar por los estadios de las reformas parciales, de las alianzas circunstanciales, de las marchas y contra-marchas. La progresividad de los procesos de transformación de la sociedad no es un criterio de planificación decidido por burócratas. Hablamos allí de imperativos impuestos por la dialéctica de la brutal realidad, condicionamientos objetivos que no dependen de la voluntad de los actores políticos.

Enarbolar hoy como bandera supuestamente “revolucionaria” la consigna del “socialismo científico” sería un anacronismo insoportable. No solo porque la idea misma del “socialismo” ha quedado enteramente desdibujada por la tragedia del stalinismo y la crisis profunda del marxismo de manual, sino porque el concepto de “ciencia” ha sido severamente deconstruido para develar sus trampas y sus secretas conexiones con las tramas del poder. Tanto “socialismo” como “científico” son denominaciones altamente discutibles que no pueden ser asumidas ingenuamente como categorías universales.

El único modo de hacer avanzar esta discusión desde el punto en donde la dejó F. Engels por allá en 1880 es hacerse cargo de su recorrido histórico, tanto en el terreno de las experiencias socio-políticas que conoció la humanidad en este trayecto, como en el campo de las elaboraciones teóricas en el seno de la izquierda mundial. Desde ambos lados tenemos hoy abundantes insumos como para no sucumbir a la perplejidad. Pensar la cuestión del socialismo hoy supone inexorablemente realizar ese doble ajuste de cuentas: con la experiencia del “socialismo real” y sus miserias; con la ideología stalinista que impuso a sangre y fuego una concepción estúpida del marxismo a escala mundial. Saldadas esas cuentas es posible recuperar críticamente grandes aportaciones hechas por los clásicos para pensar la revolución, y sobre todo, para intentar hacerla como encarnación en la gente.

En Venezuela y América Latina se reaviva el debate sobre el socialismo. Desde luego, no por una súbita inspiración de la vieja izquierda sino por la irrupción de un torrente transformador que brota del poder popular emergente. En este nuevo clima cambian sustancialmente las referencias, los ritmos y modulaciones del proceso político, las características propias de los nuevos actores, los rasgos singulares de la gestión política, el horizonte valórico de la sociedad que queremos. La calidad de las nuevas relaciones sociales que emergen dependen muy preponderantemente de la calidad de los actores y su intersubjetividad, de la calidad de las organizaciones que remplacen al viejo Estado, de la calidad de un pensamiento que sea capaz de comprender el presente y pueda por ello anticipar los cursos de acción para la incesante expansión de los espacios de libertad.

La lectura de este texto de F. Engels enseña cómo la voluntad intelectual puede engancharse con las exigencias de una coyuntura histórica, la suya. Debería enseñarnos, sobre todo, a encontrar nuestros propios modos de asumir el compromiso de pensar y vivir una verdadera revolución.



[1] Si me tocara escribir hoy un libro como este lo titularía DEL SOCIALISMO CIENTÍFICO AL SOCIALISMO UTÓPICO.