domingo, 9 de marzo de 2008

Las incoherencias se pagan *

Merello, Gioconda niña



Rigoberto Lanz R.
rlanz@cipost.org.ve


No estamos obligados a proclamar el dogmatismo de la absoluta coherencia. Eso no existe. En ningún terreno se puede ser totalmente coherente. De allí parten los problemas pues en la medida en que admitimos una cierta relatividad en eso que llamamos "coherencia" en esa medida se abre la pista para las manipulaciones y los acomodos. Ni modo. Habrá que cargar con el costo de tener que explicar y justificar en cada caso el problema de las incoherencias, es decir, poner de manifiesto específicamente dónde y cuándo una incoherencia está causando estragos.

En el terreno político este tema de las incoherencias es muy palmario. Abundan las situaciones –individuales y colectivas– en las que los discursos y las prácticas se encuentran en conflicto, o peor aún, los discursos se vuelven ellos mismos un repertorio de inconsistencias enunciadas con todos los bombos que la mediática pone en escena. No se trata de disparates de consumo privado, proferidos en el ambiente íntimo del hogar, sino de pamplinas publicitadas por intermedio de vocerías de una élite política tan voluntariosa como ignorante.

Es justo reconocer que la tarea de hacer corresponder los contenidos revolucionarios de una estrategia de transformación radical de la sociedad con cada espacio concreto de actuación es algo más que complicado. Lo más común es ver una proclama encendida de cambio con una práctica concreta que oscila entre la inocuidad de las reformas o la impronta reaccionaria pura y dura.

De entrada arrastramos una incoherencia estructural que es la madre de todas las incoherencias: se trata de cambiar de cabo a rabo el viejo Estado capitalista valiéndose de su propio estamento. Esta contradicción no la "escoge" nadie. Es parte de las reglas de juego de la política. Sabemos que el Estado heredado es un aparato inútil pero no hay más remedio que lidiar con él en un largo tránsito. Se supone que cada funcionario está clarísimo sobre esta contradicción insalvable. Se entiende que la dirección política del proceso traza un horizonte en el que esa vieja estructura estatal será suplantada por la nueva institucionalidad de la revolución.

¿Qué ocurre en verdad? No es para nada evidente que haya claridad sobre este asunto crucial. Al contrario, tenemos demasiados indicios en estos últimos diez años de una completa incompetencia para lidiar con este tipo de contradicción. El resultado a la vista es un aparato estatal intacto, una hiper-burocratización de todo cuanto se hace (incluidas la "misiones") y con ello, todo el fermento que alimenta la corrupción y desestimula las iniciativas innovadoras. ¿Es fatal este género de incoherencias? Definitivamente no.

El oportunismo no tiene forma de justificarse sino como oportunismo. La incompetencia es la incompetencia. Ningún truco lingüístico puede ser invocado para taparear lo que es en verdad una falta de criterio para valorar el desempeño en cualquier nivel. Las incoherencias entre el punto de partida y los resultados tangibles tienen costos políticos. No sólo hay una pérdida neta en materia de costos de oportunidad sino que termina "normalizándose" un tipo de desempeño que va en el sentido inverso de la construcción de otro modelo de relaciones sociales.

La pregunta clave de "¿cuál es la diferencia?" ha de ser un instrumento permanente para pulsar por dónde va la cosa en cada espacio de actuación.

Sabemos que los cambios no llegan así de sopetón, pero es obvio que no llegarán nunca si la voluntad de transformación que está en la conciencia de cada operador no se traduce en acumulación neta de transformaciones realmente logradas (grandes o pequeñas, no importa). El asunto es que los cambios verdaderos (aquellos que introducen un nuevo sentido en prácticas y discursos) sólo aparecen cuando logramos una conexión consistente entre los puntos de partida y los puntos de llegada, es decir, cuando hacemos coincidir el espíritu revolucionario con las transformaciones concretas en la vida de la gente. Ese nexo no es automático, reclama a cada paso una enorme coherencia de parte de la dirección política... y eso es lo que está faltando.

* Publicado en El Nacional, Miradas múltiples para el diálogo, domingo 9 de marzo de 2008, opinión-16

lunes, 3 de marzo de 2008

¿HACIA EL ABISMO? **

Klimt, La vida y la muerte

Edgar Morin*



El progreso científico ha permitido la producción (y ahora la proliferación) de armas nucleares y otro tipo de armas de destrucción masiva, químicas o biológicas. El progreso técnico e industrial ha provocado un proceso de degradación de la biosfera.

La globalización del mercado económico, sin regulación externa y sin verdadera autorregulación, ha creado nuevos islotes de riqueza y también zonas crecientes de pobreza, como en América Latina y en China. Ello ha suscitado –y suscitará– crisis en cascada y su continuidad se hará bajo la amenaza del caos.

El desarrollo de la ciencia, de la técnica, de la industria, de la economía que propulsa hoy día la vitrina de la tierra, no es regulado, ni por la política, ni por la ética, ni por el pensamiento. La amplificación y la aceleración de esos procesos sin control pueden ser considerados como un feed-back (retroacciones) positivas, las cuales constituyen una ruptura de las regulaciones por amplificación y aceleración del desarrollo.

De ese modo, lo que debería asegurar el progreso humano proviene de ciertos desarrollos locales y de posibilidades de desarrollo futuro, pero también el incremento de peligros mortales para la humanidad.

Paradójicamente, esos desarrollos están acompañados de múltiples regresiones que pueden tomar el aspecto de una enorme vuelta a la barbarie. Las guerras se multiplican en el planeta y ellas son cada vez más caracterizadas por su componente étnico-religioso. Por todos lados el orden cívico se degrada y la violencia gangrena las zonas suburbanas. La criminalidad mafiosa devino planetaria. La ley de la venganza remplaza la ley de la justicia, presentándose como la "verdadera" justicia.

Las concepciones maniqueas se hacen pasar por espíritus racionales. La barbarie venenosa venida de las profundidades de otras eras históricas se combina con la barbarie anónima y edulcorada de la técnica propia de nuestra civilización. Esa alianza amenaza al planeta.

Las "naciones" no pueden resistir una desintegración planetaria sino encerrándose de un modo regresivo en torno a su religión o su nacionalismo. La "internacional ciudadana" en formación es aún muy débil. Una sociedad civil planetaria todavía no ha emergido. La conciencia de una comunidad de destino terrestre es todavía muy dispersa.

La idea de desarrollo (incluso "durable") conduce a un modelo de civilización en crisis, la misma crisis que se ha querido conjurar. Ese modelo de desarrollo impide al mundo encontrar otras formas de evolución diferentes a las copias de la occidentalización.

La puerta está abierta tal vez para lo improbable, incluso si el incremento del caos mundial lo hace aparecer como inconcebible. Ese caos en el que la humanidad corre el riego de sucumbir porta en sí mismo un último chance. ¿Por qué? Porque nosotros debemos saber que cuando un sistema es incapaz de procesar sus problemas vitales, entonces ocurre: sea que se desintegra, sea que el sistema es capaz, en su desintegración, de metamorfosearse en un meta-sistema más rico, capaz de tratar sus problemas.

La metamorfosis de las sociedades humanas en una sociedad-mundo e s muy aleatoria, incierta, siendo tributaria de los peligros del caos, que no obstante, le son necesarios.

Si es verdad que la humanidad posee (al igual que nuestro organismo porta en sí las células ocultas indiferenciadas capaces de crear todos los órganos de nuestro ser) las virtudes genéricas que permiten nuevas creaciones, también es verdad que esas virtudes están adormecidas, inhibidas por la superespecialización y la rigidez de nuestras sociedades; entonces, las crisis generalizadas que las sacuden y estremecen al planeta podrían permitir la metamorfosis que deviene vital.

Es por ello que nosotros no debemos continuar sobre la ruta del "desarrollo". Nos hace falta cambiar de vía. Necesitamos un nuevo comienzo.

La frase de Heidegger debe resonar como una alerta: "El origen no está detrás nuestro, él está adelante".


* Traducción: Rigoberto Lanz


**Publicado en El Nacional, Miradas múltiples para el diálogo, lunes 3/03/2008, p. A-12

domingo, 2 de marzo de 2008

Para entender la idea de "imperio" *



Rigoberto Lanz R.
rlanz@cipost.org.ve


Toni Negri se ha esforzado en caracterizar la nueva situación del capitalismo mundial proponiendo un concepto que rebase la vieja figura de "imperialismo". No es un capricho terminológico ni una cuestión de estilo. Si no se entiende –de entrada– la nueva realidad del poscapitalismo, con sus impactantes secuelas en todos los órdenes de la vida pública, entonces será muy difícil entrar en sintonía con la "sociedad-mundo" (Edgar Morin) que se va formando al calor del nuevo mapa de relaciones que está en curso.

No son sinónimos "imperialismo" e "imperio". Son conceptos diferenciados que relevan dimensiones distintas del fenómeno mundial del poscapitalismo. Ello se refleja de inmediato en el ámbito político, allí donde las visiones de lo que ocurre en el mundo actual tienen traducciones en estrategias y comportamientos.

La principal dificultad de la vieja idea de "imperialismo" es una inadecuada localización territorial que la hace coincidir con países. La figura del "imperialismo norteamericano", por ejemplo, focaliza en ese territorio la carga de una realidad que está en otra parte, es decir, que las relaciones de dominación en la actualidad se caracterizan justamente por su desterritorialización. Eso no quiere decir que los viejos estados no cuenten. Significa sí que el poder verdadero se ha hecho ubicuo, se desplaza planetariamente a conveniencia.

"Pasa" por los países sin mucho patriotismo.

La vocación "antiimperialista" significa hoy otra cosa. Tal vez un sentimiento antihegemónico contra las formas de dominación Norte-Sur, por ejemplo. Pero carece de fuerza subversiva a la hora de identificar los nudos fuertes de una dominación mundial que no tiene nacionalidad sustantiva: es tan norteamericana como japonesa, es tan europea como china, es tan australiana como brasileña. Sería demasiado ingenuo creer que los grandes poderes del dinero, de la información o de las armas están anclados en algún territorio por razones telúricas. El poder hoy no es de los "países" sino de las grandes corporaciones del control.

Los estados del Norte siguen operando como gendarmes y pueden ejercer su violencia invadiendo países y sometiendo a la gente. Esta realidad convive al lado de la tendencia dominante de la "economíamundo" (Wallerstein) caracterizada por una trans-nacionalización radical de los flujos financieros, tecnológicos y comunicacionales. La lucha contra el Imperio tiene unas dimensiones y unas implicaciones distintas a los enfrentamientos contra "el imperialismo norteamericano". No se trata de que una es fuerte y otra es débil, o de que una es diplomática y la otra es armada. No.

La lucha contra el Imperio significa la confrontación entre dos lógicas civilizatorias, es el antagonismo entre "globalización" y mundialización, es la contradicción entre Modernidad y posmodernidad.

Los pleitos entre países no han desaparecido. Las disputas que enfrentan a gobiernos siguen siendo parte de la geopolítica mundial. Lo que ocurre es que esas formas típicas de relaciones internacionales están siendo brutalmente desplazadas por los flujos económicos virtualizados, por las nuevas relaciones culturales de dominio, por la impronta tecnológica que viaja sin pasaporte a cualquier rincón del globo.

La vieja idea de "soberanía" también está severamente afectada por esta nueva dinámica mundial. ¿"Soberano" respecto a quién o a qué? La noción de "frontera" se complejiza enormemente por la naturaleza de la nueva economía, por el carácter de la realidad comunicacional, por la radical transformación del concepto de "trabajo", por la virtualización misma de la idea de "realidad".

El "imperialismo" tiene la ventaja de designar a un enemigo con corporeidad física y con ello facilitar el nucleamiento de una fuerza política. Pero pasada la escaramuza queda al descubierto la omisión fundamental respecto a los poderes verdaderos que se ocultan detrás de cualquier bandera sin importar mucho el color de la gente, si hace frío o calor, si hay gobiernos dictatoriales o democráticos. El Imperio está en todos lados, incluso en las cabezas de sus adversarios. ¿Entiende usted?


Publicado en El Nacional, Miradas múltiples para el diálogo, domingo 02/03/08 , p. 14

sábado, 1 de marzo de 2008

Para entender la idea de ética, economía y desarrollo

Conferencia de Edgar Morin "Ética, Economía y Desarrollo" en Washington, DC 2006.



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Nuestro Socialismo

Diego Rivera, Los explotadores

Reflexiones sobre el Socialismo del siglo XXI
Fernando Ramón Bossi *

La concentración del capital sigue avanzando a pasos acelerados, como bien lo señaló ya hace más de 150 años Carlos Marx. El desarrollo de las fuerzas productivas a través de la revolución tecnológico-científica de las décadas del 80 y 90 imprimió una mayor fuerza en esa dirección. Como consecuencia de ello, poderosas empresas multinacionales incrementaron su poder, se fusionaron con otras o las absorbieron, llegando a la cifra escandalosa de que las 200 empresas oligopólicas más importantes manejan el 26 por ciento de la producción mundial.

En síntesis, conjuntamente con esa tremenda concentración del capital y las riquezas en pocas manos, el mundo actual padece guerras, hambre y desolación, es el mundo regido por las leyes del capitalismo, por su lógica intrínseca y por su más feroz expresión, el imperialismo global hegemónico nazifascista.

Pero el capitalismo de hoy atraviesa por una etapa de profundas contradicciones, irresueltas desde su nacimiento y de imposible resolución en el marco del propio sistema. El intelectual húngaro Istzán Mészáros, en su libro Socialismo o Barbarie, señala, entre las principales contradicciones que son insuperables dentro del capitalismo: 1) la producción y su control; 2) la producción y el consumo; 3) la competencia y los monopolios; 4) el desarrollo y el subdesarrollo (centro y periferia); 5) la expansión económica mundial y la rivalidad intercapitalista; 6) la acumulación y la crisis; 7) la producción y la destrucción; 8) la dominación del trabajo y la dependencia del trabajo; 9) el empleo y el desempleo; 10) el crecimiento de la producción a cualquier precio y la destrucción del medio ambiente.

Este cúmulo de contradicciones insuperables por el sistema capitalista se traduce hoy en pobreza para las grandes mayorías, guerras, hambrunas, explotación y deterioro del medio ambiente. Nunca antes en la historia, la supervivencia de la especie humana estuvo tan amenazada por el poder destructivo del capital. Es por lo tanto vital para la humanidad toda superar, trascender el capitalismo en el menor tiempo posible; porque la alternativa que se nos presenta en el futuro cercano se reduce a la simple contradicción “vida o muerte”.

“Es necesario trascender el capitalismo, pero agrego yo, el capitalismo no se va a trascender por dentro del mismo capitalismo, no”, señaló el comandante Hugo Chávez en el gimnasio Gigantinho en el Foro Social Mundial de Porto Alegre en enero de este año. Y agregó: “Al capitalismo hay que trascenderlo por la vía del socialismo, por esa vía es que hay que trascender el modelo capitalista, el verdadero socialismo ¡La igualdad, la justicia!”.

Ahora, ¿de qué socialismo hablamos cuando nos referimos al socialismo que trascenderá el sistema capitalista? “Es posible trascender el capitalismo por la vía del socialismo y más allá, en democracia ¡En democracia!”, afirmó Chávez en el mismo discurso.

Pero vale aclarar que, socialismo y democracia, no es lo mismo que socialdemocracia. Si los viejos socialdemócratas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX defendían la tesis de que el capitalismo podía ser superado a través de la lucha parlamentaria, la imposición de leyes más justas y una suerte de reformas que “cambiarían” el capitalismo hasta transformarlo en un modelo de corte socialista, la realidad demostró que esa tesis era errónea. Ese socialismo reformista, que hoy pulula con diferentes rostros, con casas matrices en el norte y filiales en todo el planeta, fue aquel que defendió “la carga del hombre blanco” contra dos tercios de la población mundial. Bajo la excusa de que el capitalismo “siempre significaba un avance contra las economías atrasadas de los países periféricos”, no dud&oac ute; en defender el colonialista y el imperialista en su criminal accionar en todo el planeta. La primera y segunda guerra mundial, confrontación entre los países capitalistas por obtener la hegemonía planetaria, encontró a los socialdemócratas encolumnados con la burguesía de los países en pugna. Ese “socialismo” claudicante; nacionalista en los países imperialistas, cipayo en los países dominados, negociador y reformista, seudo democrático, censor de los movimientos nacionales de liberación del Tercer Mundo, racista y eurocentrista, no puede ser modelo para ningún país que pretenda avanzar en el siglo XXI hacia la liberación y la justicia social. El proyecto socialdemócrata entonces, no es otra cosa que una variante, por “izquierda”, de “trascender el capitalismo dentro del propio capitalismo”; “capitalismo humanizado” com! o alternativa al “capitalismo salvaje”. El socialismo “a la española”, “a la francesa” o a”a la alemana” lejos están de ser ejemplo para nuestros países y pueblos.

Por otro lado, y como ejemplo de socialismo del siglo XX, aparece el modelo soviético, aquel que imperó en la URSS y los países del este europeo, durante más de medio siglo, y que demostró su inviabilidad al implosionar impregnado de corrupción, burocratismo, autoritarismo y diferentes variables de capitalismo con disfraz socialista. La genial obra de Lenin y las masas obreras rusas, sucumbió ante los embates contrarrevolucionarios de adentro y de afuera.

Modelo soviético, socialdemocracia, socialismo chino, vía vietnamita, “juche” coreano, socialismo albanés, socialismo autogestionario yugoslavo, socialismo de democracia directa de la Gran Jamahiriya Árabe Libia, etcétera; son o han sido manifestaciones concretas de socialismo en el mundo entero. Búsquedas originales, experiencias, ideas materializadas en condiciones específicas y momentos históricos determinados. Todas válidas a la hora de ser analizadas, estudiadas y observadas, pero ninguna apta para imitar o tomar como modelo. No porque sean malas experiencias, muchas de ellas, al contrario, valiosas y trascendentes, que brindan aportes sustanciales para determinadas áreas, pero inimitables por su condición única e irrepetible. El socialismo es una idea general, un horizonte alcanzable, no abstracto sino concreto, una alternativa real al modo de producción capitalista, en condiciones históricas determinadas, espacios físicos singulares y culturas específicas.

¿Qué socialismo entonces necesitamos los latinoamericanos caribeños? ¿Cuál es el socialismo del siglo XXI que debe llevarnos definitivamente a una sociedad justa e igualitaria? No caben dudas de que será el socialismo que logremos inventar, desde el aquí y ahora. Un socialismo nacional, popular y democrático: el Socialismo Latinoamericano Caribeño, ¡nuestro socialismo!

En principio, deberemos construir un socialismo sin desconocer los aportes de los grandes forjadores: Carlos Marx, Federico Engels, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Lenin, Mao Tsé Tung, Ho Chi Ming, etcétera. Pero fundamentalmente y esencialmente, con el aporte de todos aquellos que desde nuestra América bregaron por un socialismo no enajenado, criollo, enraizado con las luchas históricas populares, enfrentado al imperialismo y transitando el camino de la liberación nacional. Decía el peruano José Carlos Mariátegui: "no queremos que el socialismo sea, en nuestro continente, un calco; tampoco queremos que sea copia. Tiene que ser una creación heroica". Y allí están las figuras y las obras de Manuel Ugarte, Carlos Prestes, José Carlos Mariátegui, Vivian Trías, René Zabaleta Mercado, Salvador de la Plaza, Carlos Delgado, Ser gio Almaráz, Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández Arregui, Alfredo Maneiro, Rodolfo Puigross, Rafael Nuñez Tenorio, Gerard Pierre Charles, Antonio García, Ernesto “Che” Guevara, Carlos Fonseca, Eduardo Astesano, Fidel Castro, Julio Antonio Mella, John William Cooke, Raúl Sendic, Miguel Enríquez, Gregorio Selser, Héctor Recabarren, Agustín Tosco, Farabundo Martí, Patricio Icaza, Francisco Bilbao, Jacobo Arenas, Jaime Hurtado, Salvador Allende, entre otros. Esas deben de ser las bases esenciales para tener presente a la hora de plantear el socialismo del siglo XXI.

Ahora, como es bien conocido por todos, la lucha contra el imperialismo, la lucha por la liberación nacional es la primera tarea que los socialistas debemos enfrentar. Y esto implica un profundo conocimiento y compromiso con las banderas patrióticas, democráticas y de liberación. Un socialismo desvinculado de las raíces históricas de nuestros pueblos será un socialismo abstracto, inconsistente, alienado, invertebrado y meramente testimonial. Las luchas por la independencia no se agotaron aquel 9 de diciembre de 1824 en la pampa de Ayacucho, sino que continúan en las luchas del presente. Bolívar, Sucre, “hicieron algo grande –señala Hugo Chávez-, cumplieron la primera etapa de la jornada. Luego vino el frío, se congeló todo, y luego la resurrección y aquí estamos nosotros, pero en la misma larga batalla”.

Ahí esta la gran clave para el desarrollo de un socialismo vigoroso y vital, trascendente y militante, ser concientes de que a las banderas históricas del patriotismo revolucionario le sumamos hoy las banderas del socialismo; que estamos en “la misma larga batalla” del Bolívar histórico. Un socialismo nuestro, concebido como necesidad para alcanzar la justicia, la igualdad y la libertad. El socialismo nuestro, el latinoamericano caribeño, será bolivariano o no será; será “creación heroica”, al decir de Mariátegui, o se perderá en los atajos de la copia y el calco.

El intelectual y revolucionario venezolano, Haiman El Trudi, en su libro El salto adelante, la nueva etapa de la revolución, nos ofrece algunas claves para aproximarnos al socialismo que se está construyendo en la Venezuela bolivariana de cara al siglo XXI y que trasciende el capitalismo: “ 1) Se trata de un socialismo de nuevo tipo, que en nada se parece al capitalismo de Estado ni menos a las lógicas totalitarias que en otras latitudes se reprodujeron en otros tiempos; 2) es un socialismo originario que se está inventando a partir de la interpretación de la realidad venezolana y sus lazos históricos y socioculturales con los demás pueblos latinoamericanos caribeños; 3) es un socialismo que reivindica los aciertos de otras experiencias del mundo y que contextualiza sus contenidos; 4) es un socialismo que centra su fuerza y empuje en nuestras propias raíces libertaria s, 5) es un socialismo humanista, ambientalista, pleno de energía espiritual, que reivindica el amor, la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad; 6) es un socialismo desmitificado, que no trasgrede las libertades y derechos humanos y que enfoca en el bien común toda su atención; 7) es un socialismo consustanciado con los tiempos de la historia que se va escribiendo a ritmos acelerados; 8) es un socialismo que se parece poco a los socialismos del siglo XX; 9) es un socialismo construido en colectivo y alimentado por diversas vertientes del pensamiento; 10) es un socialismo que no aplica recetas ni fórmulas doctrinarias elaboradas por preclaros intelectuales; 11) es filosofía de la praxis animada por el bloque histórico Estado-Sociedad, y; 12) es la quietud en el ojo del huracán revolucionario. Es el centro de acción transformadora”.

Nuestro socialismo del siglo XXI entonces, caminará al ritmo de la conciencia de los pueblos, llevando adelante una profunda batalla ideológica contra el pensamiento capitalista dominante, continuando las históricas luchas por la unidad, la libertad y la justicia de los pueblo latinoamericano caribeño, confraternizando con todos los pueblos del mundo, sin perder de vista el objetivo central -la felicidad del pueblo- y forjando, en la marcha, al hombre y mujer nuevo que salvará a la humanidad de la autodestrucción.

* Periodista. Director de Cuadernos para la Emancipación, Presidente de la Fundación Emancipación para la Unidad y Soberanía de América latina y el Caribe y miembro de la Secretaría de Organización del Congreso Bolivariano de los Pueblos.

Ni izquierda ni derecha: pensamiento popular



POR ALBERTO BUELA (*)

El lúcido pensador italiano Marcello Veneziani comienza un bello artículo sobre el antiglobalismo con la siguiente observación: " Si te fijas en ellos, los anti-G8 son la izquierda en movimiento: anarquistas, marxistas, radicales, católicos rebeldes o progresistas, pacifistas, verdes, revolucionarios. Centros sociales, monos blancos, banderas rojas. Con el complemento iconográfico de Marcos y del Ché Guevara. Luego te das cuenta de que ninguno de ellos pone en discusión el Dogma Global, la interdependencia de los pueblos y de las culturas, el melting pot y la sociedad multirracial, el fin de las patrias. Son internacionalistas, humanitarios, ecumenistas, globalistas. Es más: cuanto más extremistas y violentos son, más internacionalistas y antitradicionales resultan". (1)

Se da cuenta que la oposición desde la izquierda a la globalización es sólo una postura que se agota en una manifestación. Seattle, Génova, Nueva York, Porto Alegre, pero no pasa nada, "el mundo sigue andando" como decía Discepolín. Es que la política del " progresismo" como ha observado agudamente el filósofo, también italiano Massimo Cacciari, ordena los problemas pero no los resuelve. (2)

De esto mismo se percata el sociólogo marxista más significativo de Iberoamérica, Heinz Dieterich Steffan (3) quien en un reciente artículo señala: "Si la tarea actual de todo individuo anticapitalista es, por lo tanto, absolutamente clara: ¿Por qué 'la izquierda' y sus intelectuales no la encaran? ¿Por qué repiten en foro tras foro la misma letanía sobre la maldad del neoliberalismo y se contentan con sus ritualizadas propuestas terapeúticas inspiradas en Keynes, Tobin y Stiglitz? ¿Por qué no convierten la realidad capitalista en objeto de transformación antisistémica, en lugar de mantenerla como muro de lamentaciones?" (2)

El fracaso rotundo de la izquierda, hoy rebautizada "progresismo", es que, además de no haber elaborado, deglutido sería el término exacto, la derrota del "socialismo real" con la implosión soviética y la caída del Muro, no reelaboro sus categorías de lectura, y se quedó anclado al mundo categorial de Marx, Engels, Lenín, Rosa Luxemburgo y eventualmente Trotsky, haciendo arqueología política.

Lo más significativo del siglo XX, la escuela neomarxista de Frankfurt, luego de los esfuerzos de Adorno, Apel, Cohen y Marcuse, termina con el publicitado Habermas y su teoría del consenso (sin percatarse que el consenso siempre ha sido de los poderosos entre sí) y sus discípulos aventajados James Bohman y Leo Avritzer con su teoría de la democracia deliberativa o "chamuyera", que como un nuevo nominalismo pretende arreglar las injusticias políticas, económicas y sociales con palabras. Conversando en una especie de asambleísmo permanente.

Si la izquierda está liquidada ¿qué queda de la derecha? ¿Se puede esperar algo de ella?

De la derecha clásica, tanto del nacionalismo orgánico o integral al estilo de Charles Maurras, como del fascista de Mussolini o del católico de Oliveira Salazar no queda nada. Sólo trabajos de investigación históricos y pequeños grupos políticos sin peso en sus sociedades respectivas.

Eso sí, queda como derecha el neo conservadorismo estadounidense y los gobiernos que le son afines. Y de esta derecha liberal, la única que existe con peso político, solo se puede esperar que las cosas empeoren para la salud y el bienestar de los pueblos.

Si esto es así, denunciamos una vez más de entre las cientos de veces que lo hemos intentado mostrar, que la dicotomía izquierda-derecha es estrecha, por no decir falsa, para encarar una lectura adecuada de la realidad.

Hoy situarse a la izquierda o a la derecha es no situarse, es colocarse en un no-lugar, sobre todo para el pensador(rechazo de plano el término intelectual) que pretende elaborar un pensamiento crítico. Y el único método que hoy puede crear pensamiento crítico es el disenso. Disenso no sólo con el pensamiento único y políticamente correcto sino también y sobre todo, con el orden constituido, con el statu quo vigente.

El disenso es estructuralmente una categoría del pensamiento popular, en tanto que el consenso, como vimos, es una apropiación de la izquierda progresista para lograr la democracia deliberarativa que tiene mucho de ilustrada, y también, aunque en otro sentido, propiedad del liberalismo como acuerdo de los que deciden, de los poderosos (G8, Davos, FMI, Comisión trilateral, Bildelbergers, etc.).

El disenso que se manifiesta como negación tiene distinto sentido en el pensamiento popular que en el culto. En este último, regido por la lógica de la afirmación, la negación niega la existencia de algo o alguien, en tanto que en el pensamiento popular lo que se niega no es la existencia de algo o alguien, sino su vigencia. La vigencia puede ser entendida como validez, como sentido. (5)

El disenso niega el monopolio de la productividad de sentido a los grupos o lobys de poder, para reservarla al pueblo en su conjunto, más allá de la partidocracia política.

La alternativa hoy es situarse más allá de la izquierda y la derecha. Consiste en pensar a partir de un arraigo, de nuestro genius loci dijera Virgilio. Y no un arraigo cualquiera sino desde las identidades nacionales, que conforman las ecúmenes culturales o regiones que constituyen hoy el mundo. Con esto vamos más allá incluso de la idea de estado-nación, en vías de agotamiento, para sumergirnos en la idea política de gran espacio y cultural de ecúmene.

Desde estas grandes regiones es desde donde es lícito y eficaz plantearse el enfrentamiento a la globalización o americanización del mundo. Hacerlo como pretende el progresismo desde el humanismo internacional de los derechos humanos, o desde el ecumenismo religioso como ingenuamente pretenden algunos cristianos, es hacerlo desde un universalismo más. Con el agravante que su contenido encierra un aspecto de loable, pero vacuo, inverosímil y no eficaz a la hora del enfrentamiento político.

Pero este enfrentamiento se está dando igual, a pesar de la falencia de los pensadores en no poder elaborarlo aún, a través del surgimiento de los diferentes populismos, que más allá de los reparos que presentan a cualquier espíritu crítico, están cambiando, como observa Robert de Herte (4) las categorías de lectura. Así la oposición entre burgueses y proletarios de la izquierda clásica va siendo reemplazada por la de Pueblo vs. Oligarquías, sobre todo financieras y las de izquierda y derecha por la de justicia y seguridad.

Así, mientras que desde la izquierda progresista la crítica a la globalización queda limitada a la no extensión de sus beneficios económicos a la humanidad sino sólo a unos pocos. Porque la izquierda, por su carácter internacionalista no puede denunciar el efecto de desarraigo sobre las culturas tradicionales y sobre las identidades de los pueblos. Su denuncia se transforma así, en un reclamo formal para que la globalización vaya unida a los derechos humanos.

En cambio, es desde los movimientos populares que se realiza la oposición real a las oligarquías transnacionales. Es desde las tradiciones nacionales de los pueblos donde mejor se muestra la oposición a la sociedad global sin raíces, a ese imperialismo desterritorializado del que hablan Hardt y Negri . Es desde la actitud no conformista que se rechaza la imposición de un pensamiento único y de una sociedad uniforme, y se denuncia la globalización como un mal en sí mismo.

Es que el pensamiento popular, si es tal, piensa desde sus propias raíces, no tienen un saber libresco o ilustrado. Piensa desde una tradición que es la única forma de pensar genuinamente según Alasdair MacIntayre (6), dado que "una tradición viva es una discusión históricamente desarrollada y socialmente encarnada". Por lo que les resulta imposible a los pueblos y a los hombres que los encarnan situarse fuera de su tradición. Cuando lo hacen se desnaturalizan, dejan de ser lo que son. Son ya otra cosa.

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1.- El antiglobalismo de derecha. Marcello Veneziani (1955) periodista del Giornale y del Menssaggero y colaborador con la RAI, es autor de varios ensayos entre los que se destacan: La rivoluzione conservatrice in Italia(1994), Porcesso all´Occidente(1990) y L´Antinovecento(1996). Podemos inscribirlo dentro de la corriente de pensamiento no-conformista.

2.- Massimo Cacciari (1944).Filósofo, diputado del PC y Alcalde de Venecia hasta 1993. Autor de varios ensayos: L´Angelo necesario (1986), Dell´Inicio (1990), Dran: Meridianos de la decisión en el pensamiento contemporáneo (¡992), Geo-filosofía dell´Europa(1995). Pensador disidente de la izquierda europea.

3.-La bancarrota de la izquierda y sus intelectuales (3|1-3-04). Heinz Dieterich Steffan, es sociólogo y profesor en la UNAM de Méjico y columnista del diario El Universal. Predicador itinerante en todos los países de Nuestra América de un nuevo proyecto histórico del marxismo. Es autor de una treintena de libros entre los que se destacan: El fin del capitalismo global (1999) y La crisis de los intelectuales en América Latina (2003).

4.- Robert de Herte es el seudónimo de Alain de Benoist(1943). Editor de las revistas Eléments y Krisis y autor de innumerables trabajos entre los que cabe recordar Vu du droite(1977), Orientations pour des années décisives(1982), L´empire intérieur(1995), Au-dela des droits de l´homme(2004). Es el más significativo pensador de una corriente de pensamiento no conformista, alternativa y antiigualitarista en donde se destacan, entre otros, Guillaume Faye, Robert Steuckers, Julien Freund, Alessandro Campi, Claude Karnoouh, Tarmo Kunnas, Thomas Molnar, Domminique Venner, Pierre Vial, Javier Esparza, Giorgio Locchi, etc.

5.- Sobre la relación entre pensamiento popular y negación puede consultarse con provecho el libro La negación en el pensamiento popular(1975) del filósofo argentino Rodolfo Kusch(1922-1979), así como nuestro trabajo: Papeles de un seminario sobre G.R.Kusch(2000).

Entre los no pocos filósofos originales que ha dado la Argentina (Taborda, de Anquín, Guerrero, Cossio, Rougés) Gunther Rodolfo Kusch ocupa un destacado lugar. No sólo por la originalidad de sus planteamientos filosóficos sino además porque los mismos han generado toda una corriente de pensamiento a través de la denominada filosofía de la liberación en su rama popular.

6.-Alasdaire MacIntyre (1929) es un filósofo escocés que vive y enseña en los Estados Unidos y que se destacó por su crítica a la situación moral, política y social creada por el neoliberalismo. Sus trabajos son el basamento de todo el pensamiento comunitarista norteamericano. Sus libros más destacados son: After Virtue (1981), Whose Justice? Which Rationality? (1988), Three rival versions of moral enquiry (1990).

viernes, 29 de febrero de 2008

PSUV: ¿DERIVA HACIA LA DERECHA?

Javier Biardeau R.
http://www.saberescontrahegemonicos.blogspot.com

Ni Marx ni menos....*


Juan Carlos Monedero
El neoliberalismo nació contra el Estado social y siempre se opuso a la inmensa mayoría

Carta abierta a Emeterio Gómez

Cuando uno mira la biografía de no pocos profesores neoliberales encuentra que en sus años mozos -y no tan mozos- destacaron no solamente por ser ortodoxos lectores de las obras de Marx, sino por dedicar buena parte de su empeño a que todos compartieran su rígida lectura. Malos tiempos donde cada cuál le daba a cada quién con su particular Marx en la cabeza, buscando constantemente herejes para quemarlos públicamente y renacer como Torquemadas expurgados.

Veinte años, al decir de ellos mismos, viviendo "errados en el marxismo" -y no se engañe Don Emeterio, que el tanguista exageró cuando dijo que dos décadas no son nada-. Por encantamiento, que no por reflexión, un buen día arrumbaron la obra de Marx, leída casi siempre en malas traducciones, y abrazaron a Hayek o algún otro gurú del libre mercado. Tras una lecturaigualmente ortodoxa del nuevo sacerdote regresaron a su deporte favorito, esto es, a dar en la sesera a quien disintiera de su nuevo catecismo. Un comportamiento que viene a demostrar que la única coherencia ideológica del neoliberalismo no está en las ideas, sino en esa repetida manía de golpear a los demás con tablas de la ley hechas de piedra.

Con mucho, Marx fue la mejor cabeza del pensamiento social del siglo XIX. Nos legó un pensamiento tan poderoso que aún hoy no hay ciencia social que no sea un diálogo con sus ideas -para botón, su propio empeño, profesor Gómez-. Pero, por fortuna, no era Dios sino hombre. Veinte años para entender esto indican mucha calma y no presta mucha credibilidad a las razones que usted nos ofrece para que abracemos sus ahora verdades neoliberales. ¿Y si dentro de veinte años se desdice con similar contundencia?

Además, no hay una lectura única del marxismo. Mi generación, por ejemplo, nunca fue a Marx, como muchos en la suya, buscando sustituto a un Dios ausente. Al contrario, maestros como Fernández Buey siempre nos dijeron que la verdad habita en los matices. "Ni Marx ni menos", repetían cuando alguien quería hacer del simple hombre un místico, un profeta o un milagrero. Supimos pronto que el propio Marx se declaraba "no marxista" frente a las simplezas de torpes ortodoxos. Nos invitaron a usar lo más inteligente de su obra, esto es, todo aquello que demuestra la lógica económica escondida en los procesos sociales, al igual que la lógica social e histórica que hay detrás de los procesos económicos. Histórica y, por tanto, sujeta al curso del tiempo. Mal lector quien no haya reparado en esto, pues seguirá pensando, como es su caso, que el capitalismo es eterno y no simplemente un accidente histórico.

Cada generación ha hecho su propia lectura de Marx. Por eso sigue vivo. No encontraremos ningún libro relevante sobre la globalización -el más notable proceso capitalista en curso-, que no incorpore análisis marxistas sobre la necesidad de extender la ley del valor por todo el orbe, del mismo modo que es referencia obligada para entender el papel del Estado, nacional o transnacional, como garante de la acumulación económica. Sin olvidar sus enseñanzas sobre las contradicciones estructurales del capitalismo, sobre la innovación tecnológica, sobre el devenir de la aristocracia financiera cuya actitud desemboca en guerras, su análisis -que nunca abandonó- de la alienación y del fetichismo de las mercancías (multiplicado hoy por la publicidad), o su análisis de las potenciales alianzas de clase que se crean cuando la revolución se aproxima (que explica por qué hay una élite venezolana más cerca de la élite estadounidense que de los cerros de Caracas). No se debe ir a Marx como se va al astrólogo.

Pero defenestrar a Marx tiene otras intenciones. Primero se mata a Marx, luego se iguala revolución bolivariana y marxismo, y finalmente se cierra el silogismo fácil prometiendo las siete plagas sobre Venezuela. ¿La fuente del mal? El error de Marx al señalar el trabajo como única fuente de valor. Hijo
de su tiempo, asumió que detrás del precio de una mercancía estaba el trabajo necesario para elaborarlo. Trasladar ese tiempo a precios era, él mismo lo sabía, un ejercicio difícil. No llegó a buen puerto. Pero tirar al niño con el agua sucia tiene algo de epistemicida.

El trabajo es, aún hoy, la fuente "general y sistemática" de ganancia. "La clase capitalista de un determinado país -escribió Marx-, entendida en su conjunto, no puede estafarse a sí misma". Lo que uno pierde siempre lo gana otro. En otras palabras, en un país, los ricos lo son sobre el trabajo no pagado de los demás (añádale las diferentes formas de colonialismo y la explotación a otros países y le saldrá el marco completo). Usted, en cambio, entiende los precios como una variable de la escasez y no del trabajo. ¿Mero análisis? Ni mucho menos. Como diría Luís Vargas, mezquindad para no hablar de explotación.

Por eso, además del asunto luces, hay otro de moral. Más allá de la escasez de un producto, es un requisito de buena convivencia que su elaboración y precio sean honestos. Una sociedad justa es aquella en donde todos tienen las mismas posibilidades reales de beneficiarse de la vida colectiva. Antes de que el capitalismo arrasara con ellas, había instituciones que se encargaban de velar por esto -la iglesia, los gremios, las asociaciones-. Ese referente de honestidad, que implica que todos los seres humanos somos iguales en dignidad, implica igualmente que lo que intercambiemos esté referenciado por la cantidad de tiempo social que hemos dedicado a producirlo. Se rompería así la metafísica capitalista de la escasez, que hace que los menos lo tengan todo y que los más apenas puedan sobrevivir (una lógica, por cierto, con la que operan los acaparadores retirando mercancías de los almacenes, los que tiran alimentos al mar para mantener los precios, algunos clanes reservándose espacios profesionales o intelectuales o aquellos que durante siglos impidieron el acceso del pueblo a la cultura).

Al final, nos repite el profesor Emeterio, no hay alternativas. Una sociedad en donde hay sofisticadas operaciones de cirugía estética pero no una vacuna contra la malaria o la leishmaniosis. Una sociedad donde se incita al consumo infinito mientras medio planeta Tierra, esquilmado, ya no puede regenerarse. Un modelo social que lleva a que 300 personas tengan lo mismo que 3000 millones de seres humanos. Curioso que pese a ser el único viable, siempre que un país empieza a pensar formas no capitalistas de intercambio, unos ponen el grito en el cielo y otros sus portaaviones en la costa.

El capitalismo se guía por el lucro; transforma todo en mercancías -el amor y la amistad, el agua y el aire, la tierra y las manos-. Su mero fin: incrementar las ganancias inicialmente invertidas. Suministra bienes sólo en virtud de la oferta y la demanda, y para ello reclama un mercado autorregulado ciego a las desigualdades. Aunque la riqueza sólo sea posible construirla en sociedad reparte esos beneficios de manera individual. Algo posible porque los principales medios de producción están en manos privadas. Son cosas que hemos aprendido de leer a Marx.

Su propuesta neoliberal nos invita a un capitalismo donde unos pocos serán consumidores del siglo XXI y la mayoría súbditos del siglo XIX. Nos oferta una sociedad que diferencie contundentemente, según sus palabras, entre " rectores" y "barrenderos", entre "lomito" y "lagarto", entre "los más capaces, los más inteligentes, los más creativos" y "los menos capaces, los menos inteligentes, los menos creativos". Puro biologicismo. Entre su modelo capitalista, que retira la ciudadanía plena a los que no han podido llegar a la cumbre, y un modelo socialista donde la dignidad está igualmente repartida, hay una brecha insoslayable. El neoliberalismo nació contra el Estado social y siempre se opuso a la inmensa mayoría. No hay un pasado idílico que nadie rompió. La lucha de clases, bajo cualquier nombre, siempre la inicia el egoísmo. El amor, ahora, pide paso.


Profesor de Ciencia Política (Universidad Complutense de Madrid). Observador Internacional en el Referéndum Revocatorio del 15 de agosto en Venezuela.

*Este articulo fue originalmente publicado por El Universal, el 10 de mayo del 2007. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.

jueves, 28 de febrero de 2008

Editorial Revista Humania del Sur, Año2, N° 2: A propósito del socialismo del Siglo XXI





Hay tantas concepciones del socialismo que no hay manera
de producir una definición del mismo que sea universalmente aceptable. Lo único común a todas ellas es que dicho sistema debe ser uno que privilegie el bienestar de las mayorías por encima de lo que los más poderosos consideran (correcta o incorrectamente) como sus propios intereses. Para el marxismo en general, el sistema en cuestión implica la administración de los sistemas de producción y la distribución de los bienes y servicios por parte del Estado, con el objeto de evitar (parcial o completamente) que una minoría de los ciudadanos poseedora de los medios de producción (burguesía) pueda explotar a una mayoría que se ve obligada a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario (proletariado), y para el leninismo en particular, políticamente dicho sistema debe consistir en la dictadura del proletariado. El pensamiento ácrata, por el contrario, sostiene que el socialismo implica el desmantelamiento del Estado, ya que éste automáticamente genera divisiones sociales y privilegios, y no hay manera de que pueda eludir las funciones que le son inherentes –y, tanto para los anarquistas en general como para los socialistas de tendencia democrática, la dictadura es la negación misma del socialismo. Desde el punto de vista económico, para el marxismo el término “socialismo” designa un sistema en el cual cada cual debe aportar según sus posibilidades y recibir beneficios económicos según lo aportado. Para Kropotkin, este principio es inaplicable en la medida en que los aportes económicos de los individuos son imponderables. Para la socialdemocracia, el socialismo no es más que un “Estado del bienestar” (Welfare State) en el cual se pecha a los más ricos para garantizar ingresos supuestamente justos y seguridad social para las mayorías. Finalmente, mientras que para muchos el socialismo es el sistema que existió en los países marxistas del siglo XX y su desmoronamiento demostró la inviabilidad de las alternativas al capitalismo, para otros lo que existió en esos países no fue más que una deformación burocrática del capitalismo de Estado, y su caída es motivo de celebración en la medida en que nos brinda la oportunidad de construir un socialismo digno del término. En nuestro segundo número de Humania del Sur, a propósito del llamado socialismo del siglo XXI, el muy controversial capítulo venezolano de la búsqueda socialista, ponemos en manos de nuestros lectores los trabajos de una serie de autores que desde muy distintas ópticas aportan su grano de arena al debate. El Dr. Franz Lee nos ubica en el ámbito del “socialismo científico”, comenzando con la distinción entre lo que son los pensamientos y escritos de un pensador y su posterior conversión en “doctrina” o “ismo”, siguiendo con la explicación de conceptos y tópicos como el materialismo histórico-dialéctico, la dialéctica como método, la interpretación materialista de la historia y la teoría y praxis de Marx, para terminar negando la tesis según la cual la misma sería “economicista”. El Dr. Silvio Villegas presenta algunos elementos para el debate sobre la construcción del socialismo en Venezuela –debate catalogado de “insensato” por el Dr. Luis Mata Mollejas, quien afirma que al centrarse la discusión en los aspectos teóricos, se ha descuidado peligrosamente las referencias a las circunstancias históricas concretas, olvidando la agenda política “deseable”–. En la ampliación del análisis acerca del intento de implantar un socialismo en Venezuela, la profesora Carmen Teresa García nos presenta la relación entre socialismo y mujeres desde una perspectiva de género –la cual no podemos obviar so pena de repetir errores pasados, como tampoco podemos obviar la interesante reflexión del profesor Elías Capriles acerca del ecosocialismo como vía al ecomunismo–. Según este autor, si el socialismo no es ecologista (frugal y con tecnologías ecológicas), incrementará la destrucción de la ecosfera, lo cual comprometerá seriamente nuestra supervivencia; por ello habla de la necesidad de una transformación total y hace observaciones destinadas a hacer viable lo que él llama la “revolución imprescindible”. El Dr. Ismael Cejas nos plantea las especificidades del socialismo chino e intenta responder a la pregunta de si es válido como modelo para el caso venezolano. Ya fuera de las preocupaciones de la realidad venezolana, el antropólogo e historiador de origen peruano, radicado en México, Ricardo Melgar, empeñado en alimentar nuestra memoria, se remonta al primer debate socialista en el seno de la lucha de los afroamericanos, mientras que el investigador africano Subí Lugemalila nos acerca a la experiencia socialista en África (Casos: Tanzania, Mozambique y Guinea-Bissau). En nuestra sección Caleidoscopio, contamos con el aporte de la internacionalista Elsa Cardozo, quien nos presenta un trabajo titulado: “Lo político en la integración”, el cual aporta importantes luces sobre la situación de la integración regional. Además, Rowena Hill, poeta, articulista, traductora y estudiosa de culturas orientales, nos regala la traducción de dos poemas inéditos de autores asiáticos. Finalmente, en nuestro espacio Diálogo con, María Gabriela Mata conversa con Alan Woods, político y escritor británico, dirigente de la llamada Corriente Marxista Internacional, autor y editor de la controversial página web In Defence of Marxism (www.marxist.com), e ideólogo de la campaña “Manos Fuera de Venezuela”. A nuestras secciones Documentos y Reseñas se suma en esta edición la sección Réplicas, la cual tiene como objetivo principal abrir espacio para el debate constructivo. Con la invitación para que hagan sus aportes a esta nueva iniciativa editorial que pretende ser puente de la Humania del Sur, nos despedimos hasta el próximo número.



Título: Revista Humania del Sur

Revista de Estudios Latinoamericanos, Africanos y Asiáticos
ISSN: 1856-6812
Fecha: enero - junio 2007
Numeración: Año 2, No. 2