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domingo, 9 de marzo de 2008

Las incoherencias se pagan *

Merello, Gioconda niña



Rigoberto Lanz R.
rlanz@cipost.org.ve


No estamos obligados a proclamar el dogmatismo de la absoluta coherencia. Eso no existe. En ningún terreno se puede ser totalmente coherente. De allí parten los problemas pues en la medida en que admitimos una cierta relatividad en eso que llamamos "coherencia" en esa medida se abre la pista para las manipulaciones y los acomodos. Ni modo. Habrá que cargar con el costo de tener que explicar y justificar en cada caso el problema de las incoherencias, es decir, poner de manifiesto específicamente dónde y cuándo una incoherencia está causando estragos.

En el terreno político este tema de las incoherencias es muy palmario. Abundan las situaciones –individuales y colectivas– en las que los discursos y las prácticas se encuentran en conflicto, o peor aún, los discursos se vuelven ellos mismos un repertorio de inconsistencias enunciadas con todos los bombos que la mediática pone en escena. No se trata de disparates de consumo privado, proferidos en el ambiente íntimo del hogar, sino de pamplinas publicitadas por intermedio de vocerías de una élite política tan voluntariosa como ignorante.

Es justo reconocer que la tarea de hacer corresponder los contenidos revolucionarios de una estrategia de transformación radical de la sociedad con cada espacio concreto de actuación es algo más que complicado. Lo más común es ver una proclama encendida de cambio con una práctica concreta que oscila entre la inocuidad de las reformas o la impronta reaccionaria pura y dura.

De entrada arrastramos una incoherencia estructural que es la madre de todas las incoherencias: se trata de cambiar de cabo a rabo el viejo Estado capitalista valiéndose de su propio estamento. Esta contradicción no la "escoge" nadie. Es parte de las reglas de juego de la política. Sabemos que el Estado heredado es un aparato inútil pero no hay más remedio que lidiar con él en un largo tránsito. Se supone que cada funcionario está clarísimo sobre esta contradicción insalvable. Se entiende que la dirección política del proceso traza un horizonte en el que esa vieja estructura estatal será suplantada por la nueva institucionalidad de la revolución.

¿Qué ocurre en verdad? No es para nada evidente que haya claridad sobre este asunto crucial. Al contrario, tenemos demasiados indicios en estos últimos diez años de una completa incompetencia para lidiar con este tipo de contradicción. El resultado a la vista es un aparato estatal intacto, una hiper-burocratización de todo cuanto se hace (incluidas la "misiones") y con ello, todo el fermento que alimenta la corrupción y desestimula las iniciativas innovadoras. ¿Es fatal este género de incoherencias? Definitivamente no.

El oportunismo no tiene forma de justificarse sino como oportunismo. La incompetencia es la incompetencia. Ningún truco lingüístico puede ser invocado para taparear lo que es en verdad una falta de criterio para valorar el desempeño en cualquier nivel. Las incoherencias entre el punto de partida y los resultados tangibles tienen costos políticos. No sólo hay una pérdida neta en materia de costos de oportunidad sino que termina "normalizándose" un tipo de desempeño que va en el sentido inverso de la construcción de otro modelo de relaciones sociales.

La pregunta clave de "¿cuál es la diferencia?" ha de ser un instrumento permanente para pulsar por dónde va la cosa en cada espacio de actuación.

Sabemos que los cambios no llegan así de sopetón, pero es obvio que no llegarán nunca si la voluntad de transformación que está en la conciencia de cada operador no se traduce en acumulación neta de transformaciones realmente logradas (grandes o pequeñas, no importa). El asunto es que los cambios verdaderos (aquellos que introducen un nuevo sentido en prácticas y discursos) sólo aparecen cuando logramos una conexión consistente entre los puntos de partida y los puntos de llegada, es decir, cuando hacemos coincidir el espíritu revolucionario con las transformaciones concretas en la vida de la gente. Ese nexo no es automático, reclama a cada paso una enorme coherencia de parte de la dirección política... y eso es lo que está faltando.

* Publicado en El Nacional, Miradas múltiples para el diálogo, domingo 9 de marzo de 2008, opinión-16

jueves, 7 de junio de 2007

Sobre el debate y sus alrededores

Rigoberto Lanz R.
Distinguidos colegas:


Una regla básica para que estos debates sean viables es entender que cada colega tiene intereses y motivaciones distintas (no a todos importa por igual la discusión epistemológica que cuestiona radicalmente el discurso cientificista, no a todos interesa por igual el debate sobre la izquierda, el marxismo, la democracia o el socialismo) Moraleja: que cada quien llegue hasta donde quiere llegar sin arriesgarse demasiado en agendas que no conoce. Pero además es obvio que circulan opiniones y visiones del mundo enteramente diferentes. Eso no es solo evidente sino inevitable y muy sano. No hace falta estar buscando acuerdos forzados ni disimulando los antagonismos. Lo que sí hace falta es tomarse en serio los asuntos en debate y asumir—en mi caso, hasta las últimas consecuencias—las posiciones teóricas y políticas en las que cada quien se ubica.

Sobre los tonos del debate no hay que escandalizarse: algunos amigos son especialmente rudos y quisquillosos y otros prefieren los buenos modales de las finas sutilezas. Por mi lado, me importan menos los asuntos de estilo cuando el fondo del debate permanece nítidamente ubicado. En una discusión que toca efectivamente intereses vitales en todos los ámbitos, ingenuo sería esperar posturas angelicales y procedimientos cristalinos. La intensidad de las pasiones en los debates es parte del asunto. De los excesos y extravagancias no nos libraremos. De las exageraciones y disparates tendremos las dosis que hacen a la propia heterogeneidad de la gente que interviene en estos problemas.

En lo que concierne a la agenda que se ha puesto en movimiento a propósito de la Misión Ciencia es claro que asistimos a un verdadero sacudón epistemológico. Sus consecuencias verdaderas serán de largo plazo (no se construye un nuevo paradigma de la tecno-ciencia en horizontes inmediatos) El núcleo duro de este debate pone en tensión toda la vieja plataforma cognitiva de la derecha académica y sus aliados de la vieja izquierda. El debate público que hemos animado en estos últimos dos años (hay tres tomos que recogen esta rica discusión) muestra clarísimamente dónde están los nudos a romper: en la mentalidad de los operadores, en la sensibilidad intelectual heredada, en los sistemas conceptuales instalados, en las maneras de producir conocimiento, en los modos de enseñarlo, en las formas de gestionarlo. En lo que me concierne, sólo me gusta recordar que la cuestión de fondo es producir una crítica epistemológica radical a toda la episteme de la Modernidad (que cada quien derive sus consecuencias)

*En el ámbito caliente de la relación entre ciencia y política (tendremos un Congreso Internacional sobre este asunto en octubre próximo) la discusión ha de radicalizarse para que afloren los supuestos subterráneos, para poner en evidencia las falacias de la derecha académica, para hacerse cargo de las tremendas inconsistencias del conservadurismo de la vieja izquierda en este terreno. Una política pública como la Misión Ciencia es el escenario ideal para que estos contenidos se expresen abiertamente, para que las concepciones ideológicas aparezcan con nitidez, para que las visiones sobre el país encuentren conexión directa con otra manera de entender las ciencias y las tecnologías. En lo que me concierne, baste recordar que desde hace varias décadas propulsamos una corriente intelectual que está expresamente comprometida con la transformación radical de esta cosa que mentamos por comodidad lingüística “la sociedad”. Ello supone una clara determinación en lo que atañe a la demolición del Estado y la construcción de una fuerza subversiva que se abra paso desde la multitud (Toni Negri) Ello acarrea consecuencias directas hacia el mundo de la tecno-ciencia y no pocas implicaciones hacia el campo del desempeño universitario.

En el ámbito singular del debate sobre el socialismo ocurre otro tanto: se ponen en juego allí, no sólo opiniones relacionadas con el campo de lo político, sino toda una constelación de problemas teóricos que atañen a las visiones sobre el mundo actual, sobre el estado de la cultura y las derivas del conocimiento, sobre el mapa de fuerzas que determinan el curso histórico actual y sus correlatos en el terreno de la reflexividad. También aquí nuestra posición ha sido expresada de todos los modos posibles. (Si el amigo lector tiene interés especial en este asunto cuenta para ello con una abundante producción que está disponible)

Todo lo anterior abona en una finalidad cardinal: la discusión teórica es vital para que los procesos de transformación avancen. La polémica es consustancial a la idea misma de sociedad viva, en turbulencia, en permanente conflictividad. Eso no sólo hay que “tolerarlo” sino estimularlo. Los interlocutores de este debate están en muchos lados. Los aportes intelectuales que en verdad valen la pena vendrán de esa diversidad. De momento una sencilla regla me sirve de brújula: la agenda, los temas en debate y los interlocutores pertinentes se definen en la inevitable correlación de fuerzas de cada coyuntura. La plataforma epistemológica desde la cual se propulsa la Misión Ciencia no es obra de caprichos personales. Eso hace la diferencia con debates abstractos sin destino y sin consecuencias. Los desafíos a la vista son inmensos. Las riñas menores serían una distracción imperdonable.

Cordiales saludos:

R. Lanz