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lunes, 3 de marzo de 2008

¿HACIA EL ABISMO? **

Klimt, La vida y la muerte

Edgar Morin*



El progreso científico ha permitido la producción (y ahora la proliferación) de armas nucleares y otro tipo de armas de destrucción masiva, químicas o biológicas. El progreso técnico e industrial ha provocado un proceso de degradación de la biosfera.

La globalización del mercado económico, sin regulación externa y sin verdadera autorregulación, ha creado nuevos islotes de riqueza y también zonas crecientes de pobreza, como en América Latina y en China. Ello ha suscitado –y suscitará– crisis en cascada y su continuidad se hará bajo la amenaza del caos.

El desarrollo de la ciencia, de la técnica, de la industria, de la economía que propulsa hoy día la vitrina de la tierra, no es regulado, ni por la política, ni por la ética, ni por el pensamiento. La amplificación y la aceleración de esos procesos sin control pueden ser considerados como un feed-back (retroacciones) positivas, las cuales constituyen una ruptura de las regulaciones por amplificación y aceleración del desarrollo.

De ese modo, lo que debería asegurar el progreso humano proviene de ciertos desarrollos locales y de posibilidades de desarrollo futuro, pero también el incremento de peligros mortales para la humanidad.

Paradójicamente, esos desarrollos están acompañados de múltiples regresiones que pueden tomar el aspecto de una enorme vuelta a la barbarie. Las guerras se multiplican en el planeta y ellas son cada vez más caracterizadas por su componente étnico-religioso. Por todos lados el orden cívico se degrada y la violencia gangrena las zonas suburbanas. La criminalidad mafiosa devino planetaria. La ley de la venganza remplaza la ley de la justicia, presentándose como la "verdadera" justicia.

Las concepciones maniqueas se hacen pasar por espíritus racionales. La barbarie venenosa venida de las profundidades de otras eras históricas se combina con la barbarie anónima y edulcorada de la técnica propia de nuestra civilización. Esa alianza amenaza al planeta.

Las "naciones" no pueden resistir una desintegración planetaria sino encerrándose de un modo regresivo en torno a su religión o su nacionalismo. La "internacional ciudadana" en formación es aún muy débil. Una sociedad civil planetaria todavía no ha emergido. La conciencia de una comunidad de destino terrestre es todavía muy dispersa.

La idea de desarrollo (incluso "durable") conduce a un modelo de civilización en crisis, la misma crisis que se ha querido conjurar. Ese modelo de desarrollo impide al mundo encontrar otras formas de evolución diferentes a las copias de la occidentalización.

La puerta está abierta tal vez para lo improbable, incluso si el incremento del caos mundial lo hace aparecer como inconcebible. Ese caos en el que la humanidad corre el riego de sucumbir porta en sí mismo un último chance. ¿Por qué? Porque nosotros debemos saber que cuando un sistema es incapaz de procesar sus problemas vitales, entonces ocurre: sea que se desintegra, sea que el sistema es capaz, en su desintegración, de metamorfosearse en un meta-sistema más rico, capaz de tratar sus problemas.

La metamorfosis de las sociedades humanas en una sociedad-mundo e s muy aleatoria, incierta, siendo tributaria de los peligros del caos, que no obstante, le son necesarios.

Si es verdad que la humanidad posee (al igual que nuestro organismo porta en sí las células ocultas indiferenciadas capaces de crear todos los órganos de nuestro ser) las virtudes genéricas que permiten nuevas creaciones, también es verdad que esas virtudes están adormecidas, inhibidas por la superespecialización y la rigidez de nuestras sociedades; entonces, las crisis generalizadas que las sacuden y estremecen al planeta podrían permitir la metamorfosis que deviene vital.

Es por ello que nosotros no debemos continuar sobre la ruta del "desarrollo". Nos hace falta cambiar de vía. Necesitamos un nuevo comienzo.

La frase de Heidegger debe resonar como una alerta: "El origen no está detrás nuestro, él está adelante".


* Traducción: Rigoberto Lanz


**Publicado en El Nacional, Miradas múltiples para el diálogo, lunes 3/03/2008, p. A-12

domingo, 2 de marzo de 2008

Para entender la idea de "imperio" *



Rigoberto Lanz R.
rlanz@cipost.org.ve


Toni Negri se ha esforzado en caracterizar la nueva situación del capitalismo mundial proponiendo un concepto que rebase la vieja figura de "imperialismo". No es un capricho terminológico ni una cuestión de estilo. Si no se entiende –de entrada– la nueva realidad del poscapitalismo, con sus impactantes secuelas en todos los órdenes de la vida pública, entonces será muy difícil entrar en sintonía con la "sociedad-mundo" (Edgar Morin) que se va formando al calor del nuevo mapa de relaciones que está en curso.

No son sinónimos "imperialismo" e "imperio". Son conceptos diferenciados que relevan dimensiones distintas del fenómeno mundial del poscapitalismo. Ello se refleja de inmediato en el ámbito político, allí donde las visiones de lo que ocurre en el mundo actual tienen traducciones en estrategias y comportamientos.

La principal dificultad de la vieja idea de "imperialismo" es una inadecuada localización territorial que la hace coincidir con países. La figura del "imperialismo norteamericano", por ejemplo, focaliza en ese territorio la carga de una realidad que está en otra parte, es decir, que las relaciones de dominación en la actualidad se caracterizan justamente por su desterritorialización. Eso no quiere decir que los viejos estados no cuenten. Significa sí que el poder verdadero se ha hecho ubicuo, se desplaza planetariamente a conveniencia.

"Pasa" por los países sin mucho patriotismo.

La vocación "antiimperialista" significa hoy otra cosa. Tal vez un sentimiento antihegemónico contra las formas de dominación Norte-Sur, por ejemplo. Pero carece de fuerza subversiva a la hora de identificar los nudos fuertes de una dominación mundial que no tiene nacionalidad sustantiva: es tan norteamericana como japonesa, es tan europea como china, es tan australiana como brasileña. Sería demasiado ingenuo creer que los grandes poderes del dinero, de la información o de las armas están anclados en algún territorio por razones telúricas. El poder hoy no es de los "países" sino de las grandes corporaciones del control.

Los estados del Norte siguen operando como gendarmes y pueden ejercer su violencia invadiendo países y sometiendo a la gente. Esta realidad convive al lado de la tendencia dominante de la "economíamundo" (Wallerstein) caracterizada por una trans-nacionalización radical de los flujos financieros, tecnológicos y comunicacionales. La lucha contra el Imperio tiene unas dimensiones y unas implicaciones distintas a los enfrentamientos contra "el imperialismo norteamericano". No se trata de que una es fuerte y otra es débil, o de que una es diplomática y la otra es armada. No.

La lucha contra el Imperio significa la confrontación entre dos lógicas civilizatorias, es el antagonismo entre "globalización" y mundialización, es la contradicción entre Modernidad y posmodernidad.

Los pleitos entre países no han desaparecido. Las disputas que enfrentan a gobiernos siguen siendo parte de la geopolítica mundial. Lo que ocurre es que esas formas típicas de relaciones internacionales están siendo brutalmente desplazadas por los flujos económicos virtualizados, por las nuevas relaciones culturales de dominio, por la impronta tecnológica que viaja sin pasaporte a cualquier rincón del globo.

La vieja idea de "soberanía" también está severamente afectada por esta nueva dinámica mundial. ¿"Soberano" respecto a quién o a qué? La noción de "frontera" se complejiza enormemente por la naturaleza de la nueva economía, por el carácter de la realidad comunicacional, por la radical transformación del concepto de "trabajo", por la virtualización misma de la idea de "realidad".

El "imperialismo" tiene la ventaja de designar a un enemigo con corporeidad física y con ello facilitar el nucleamiento de una fuerza política. Pero pasada la escaramuza queda al descubierto la omisión fundamental respecto a los poderes verdaderos que se ocultan detrás de cualquier bandera sin importar mucho el color de la gente, si hace frío o calor, si hay gobiernos dictatoriales o democráticos. El Imperio está en todos lados, incluso en las cabezas de sus adversarios. ¿Entiende usted?


Publicado en El Nacional, Miradas múltiples para el diálogo, domingo 02/03/08 , p. 14