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viernes, 11 de enero de 2008

Derrumbar las concepciones burocrático-despóticas del imaginario socialista

Javier Biardeau R
jbiardeau@yahoo.com.mx

El debate sobre el estado del arte del imaginario revolucionario durante la reforma constitucional dejo en claro la necesidad de una renovación radical de los marcos ético-culturales y epistemológicos del nuevo socialismo. Cualquier mensaje burocrático-despótico del socialismo es un lastre para la revolución. Sencillamente la hunde y la expone a eficaces ataques de la derecha. Hemos apostado por los enfoques contra-hegemónicos (diversidad de pensamientos críticos anticapitalistas) a partir de una lectura abierta de Gramsci, desde sus “Elementos de política”, para introducir un debate sobre la necesidad de una crítica radical a la división capitalista del trabajo, no solo en sus aspectos de dirección y dominación económica (explotación-enajenación del trabajo), sino en su función de mando político-cultural: separación entre gobernantes y gobernados, entre expertos y legos, entre dirigentes y dirigidos. En todo, caso, planteamos la oposición radical entre función de mando y democracia directa, entre heteronomía y autonomía radical, no solo en el campo de las relaciones sociales, sino en el propio terreno de la subjetividad.

Por tanto, sin democracia sustantiva no habrá nuevo socialismo. Sin pluralismo igualitario no habrá derrota posible de ningún pensamiento único. Nos asumimos sin complejos como corriente político-cultural en el movimiento nacional-popular, frente a la uniformidad y univocidad de quienes cuestionan al capitalismo como pensamiento único, parados sobre un terreno de ideas-fuerza mono-cultural y mono-lógico.

Sin descolonización del pensamiento revolucionario no habrá nuevo socialismo. Pluralismo socialista como expresión de la metódica de la unidad en la diversidad, no solo política e ideológica, sino ético-cultural y epistémica. Democracia radical como salida ante el impasse del liberalismo democrático y del marxismo-leninismo en cuestiones de democracia participativa, liberación, alteridad y justicia. Unidad anticapitalista, pero al mismo tiempo unidad antiburocrática- antidespótica en el socialismo. Así mismo, hemos planteados la centralidad de la ecopolítica socialista como horizonte de futuro, como paradigma transcomplejo.

No habrá nuevo socialismo sin ecopolítica. No una ecopolítica con estereotipos “comeflores”, sino comomutación existencial ante la realidad de la catástrofe civilizatoria “a cámara lenta” en la cual estamos en los tres registros: medio ambiente, relaciones sociales y subjetividad. Desde allí es posible la nueva economía política socialista, desde la ecopolítica, para impensar las ideas de riqueza, progreso, crecimiento, desarrollo, calidad de vida y necesidades/satisfactores como eslabones para nuevas alternativas histórico-culturales frente al mito moderno-occidental del desarrollo, la modernización y la tecnociencia. Nuevas racionalidades críticas del despotismo burocrático y de su racionalidad instrumental-estratégica.

Por tanto, nada de socialismos científicos desde matrices epistemológicas positivistas-funcionalistas-mecanicistas o evolucionistas unilineales. Con cientificismos no habrá nuevo socialismo. Tampoco desde los filosofemas modernos-coloniales de un occidentalismo, que sigue sin comprender la transformación intercultural de la filosofía, de los saberes, e incluso del diálogo ecuménico inter-religioso.

Sin inter-culturas no habrá nuevo socialismo. Desde estos horizontes y tantos otros que nacen desde las entrañas de la alteridad, la justicia y la liberación, planteamos la necesidad irrevocable del nuevo socialismo, porque el programa infinito del socialismo es derrotar los múltiples rostros de la opresión en el campo de las relaciones entre sociedad-naturaleza, relaciones sociales y subjetividad.

Sin pragmatismos, sin los mitos de las dos izquierdas, sin derechas endógenas, sin las invenciones del estalinismo-burocrático, sin idolatrías cesaristas ni incrustaciones micro-fascistas. Saludamos la construcción colectiva del PSUV y la construcción del bloque patriótico-socialista, sin electoralismos.

Con democracia protagónica, a partir de la construcción de los Consejos del Poder Popular y de las Comunas Socialistas como motores del proceso de transición, sin leguleyismos, despotismos, pragmatismos ni burocracias. Unidad en la diversidad, democracia participativa, presupuesto participativo, propiedad social-comunal y contraloría social. Hacia la construcción del nuevo socialismo. Mucha suerte para el PSUV.

miércoles, 9 de enero de 2008

El socialismo no se decreta

Gustavo Márquez
gamarquez2@yahoo.com

El Presidente Chávez ha identificado como los dos enemigos estratégicos internos del gobierno revolucionario, al burocratismo y la corrupción. Es a partir de esa motivación que se incluyó este tema como uno de los componentes del proyecto de reforma constitucional, a través de la modificación de los artículos 141 y 168. El primero, relativo a los principios que deben informar la administración pública y el segundo, a la constitución de los municipios y la participación ciudadana en el proceso de definición, ejecución y control de la gestión pública, es decir en el ejercicio de la contraloría social.

Administración al Servicio del Ciudadano y no de la burocracia

La enfermedad crónica que caracteriza las organizaciones sociales sean estas públicas o privadas y a la administración pública independientemente del tipo de estado al que pertenezcan, sea capitalista o socialista, es sin duda el burocratismo. La esencia de esa desviación deplorable es el secuestro de las instituciones por parte de sus operadores o administradores para ponerla a su servicio y no al servicio de los ciudadanos, desnaturalizando los fines sociales que constituyen su razón de ser. Es así como los burócratas tienden a convertir la administración pública en un fin en sí misma. El “burócrata” se siente “dueño” de la institución y no un servidor público, cuyo trabajo es servir y no servirse aprovechándose indebidamente del privilegio que se le otorga como administrador de los asuntos públicos por delegación de los ciudadanos. Sabiamente, el artículo 141 de la Constitución establece con claridad meridiana que “la administración pública está al servicio de los ciudadanos y ciudadanas y se fundamenta en los principios de honestidad, participación, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad en el ejercicio de la función pública, con sometimiento pleno a la ley y al derecho”. Estos principios son la base de una administración pública sana, al servicio de los ciudadanos y sometida a la contraloría social, la cual es esencial en la construcción del socialismo para formar una conciencia ciudadana participativa y comprometida con el entorno social y asimismo, para mantener a raya y dentro de sus límites a la burocracia estatal. Para que esos principios se traduzcan en una praxis social, deben crearse los instrumentos legales y tecnológicos que hagan posible el ejercicio de la contraloría social -sin que por supuesto ello disminuya en nada la responsabilidad contralora que tienen los Poderes Públicos- a través de la facilitación del acceso a la información de la gestión pública. En ese sentido, es vital el desarrollo e implantación de sistemas de información automatizados interactivos que aprovechen las facilidades de la red pública proveer a los ciudadanos de un canal de información bidireccional. Esto significa por ejemplo, que las comunidades organizadas, los consejos comunales y los ciudadanos en general, deberían poder hacerle el seguimiento a la elaboración y ejecución del presupuesto municipal, regional o nacional y, la infraestructura para ello sea posible debe proveerla el Estado.

La modificación del artículo 141 de la reforma sin embargo, cambia el enfoque al introducir una ambigüedad en esa visión programática del cambio revolucionario, al establecer que “las administraciones públicas son las estructuras organizativas destinadas a servir de instrumentos a los poderes públicos, para el ejercicio de sus funciones y para la prestación de los servicios...”. El Poder Público no puede concebirse como algo distinto a la administración pública, ya que ésta no es otra cosa que el ejercicio del poder mismo. Dicho de otra manera, los Poderes Públicos se expresan y actúan a través de actos administrativos, o sea a través de la administración pública. Por lo tanto, el fin de ésta última no puede ser ella misma, sino el servir a los ciudadanos como ya señalamos. Esta no es una mera modificación formal porque cambia radicalmente la concepción del Estado y de su relación con la sociedad hacia una perspectiva que más que progresista es profundamente reaccionaria.

Las Misiones y la transformación del Estado

La creación de las Misiones es quizás uno de los aciertos más relevantes y exitosos que ha tenido el gobierno bolivariano como estrategia para atender las expectativas populares y enfrentar en el corto plazo demandas sociales impostergables y a la vez, afianzarse políticamente en la base social, en todo su espectro, como la opción de cambio. Con ellas, se ha pretendido evadir la corrupta, ineficiente y paquidérmica burocracia que se formó en la IV República bajo el amparo de la política clientelar que floreció en el régimen bipartidista, de la cual se derivó la crisis política que produjo el surgimiento de V República. En principio, se concibieron con la idea de hacerle un “bypass” a la administración pública burocrática ordinaria para desarrollar programas emergentes de salud, educación, empleo, vivienda, ciencia y tecnología, economía cooperativa, inclusión social de indigentes, desarrollo de las comunidades indígena y promoción cultural entre otros. Se pensó que de esa manera se ganaría tiempo para enfrentar una reforma profunda del Estado sin traumas ni conflictividad laboral, a través de la creación de una nueva institucionalidad revolucionaria al servicio de los ciudadanos, la cual en un lapso prudencial debía progresivamente converger con las Misiones en los ámbitos correspondientes, para consolidarse en la conformación de la nueva estructura del Estado. Las Misiones se expandieron y permitieron logros innegables, de alto impacto social, reflejados en el incremento sostenido del IDH durante el gobierno bolivariano, reconocidos en el informe de la CEPAL de 2007.

La realidad fue otra porque la reestructuración del Estado no avanzó al ritmo esperado e incluso podríamos decir, que en algunos casos involucionó, mientras que las Misiones se expandieron y consolidaron, particularmente las de salud y educación, mediante la construcción de una estructura independiente del aparato de la administración pública tradicional, lo cual fue posible, gracias a la ejecución del acuerdo de cooperación con Cuba, debido al papel que han jugado los médicos y profesionales cubanos en su desarrollo. De esta manera hoy tenemos, una administración pública en el área social segmentada en dos componentes, los cuales en la modificación del artículo 141 de la reforma se denominan “Administración Pública Burocrática o tradicional” y, las “Misiones”.

Este desfase entre las Misiones y la Administración Pública tradicional está ocasionando ineficiencias, duplicación de esfuerzos y recursos, incongruencias funcionales y de procesos y, en algunos casos como en el área de la salud, contradicciones y asimetrías irritantes en la condiciones laborales de los funcionarios de ambas administraciones, que en nada contribuyen a la integración y cooperación institucional y más bien, son un factor de desmotivación, que en conjunto están comprometiendo el mantenimiento de los logros alcanzados y la calidad de los servicios prestados. El paso lógico, en la estrategia planteada es marchar hacia un proceso de integración de las Misiones con las Administración tradicional en el marco del proceso de reestructuración y reforma del Estado, aplicando un programa profiláctico para erradicar el burocratismo y la corrupción. Por lo tanto, plantear la constitucionalización de las Misiones, consagrándola como una estructura paralela independiente y permanente, no sujeta a las regulaciones legales sino solo a las reglamentarias, en lugar de ser un factor de integración tiende más bien a la ampliación de la brecha entre ambas administraciones. Las Misiones podrían regularse mediante una ley en la cual se establezca un régimen que se adecúe a su concepto como una figura flexible, siempre como parte de una administración pública única. Eso sería suficiente para su legitimación y permanencia como un instrumento para promover la transformación del Estado. Por otra parte, las Misiones deben cumplir los mismos principios y estar sujetas a los mismos controles administrativos de la Administración Pública. Su eficiencia no debe lograrse a costa de saltarse o relajar los controles, porque ello podría conspirar contra el logro del otro gran objetivo estratégico planteado en proceso de construcción institucional revolucionaria que es la erradicación de la corrupción. La eficacia y eficiencia de las Misiones y de la Administración Pública en general, debe ser obtenida mejorando los procesos mediante la introducción de tecnología de la información en los mismos para darles transparencia y calidad de servicio a los usuarios y usuarias.

Rechazada la reforma en el referendo del 2D, lo que procede hoy es hacer un balance objetivo de las Misiones, y asimismo, definir una estrategia y diseñar un plan de integración y reestructuración integral de la administración pública hacia la construcción del nuevo Estado, la cual debe adicionar a la lucha contra el burocratismo y la corrupción, la lucha a muerte contra el clientelismo político manejado como un instrumento para captar “militantes de la revolución” por ser este el camino seguro hacia el fracaso del proyecto socialista. La militancia política o se deriva de convicciones y del compromiso revolucionario auténtico o tendrá pies de barro. No es a través del reparto de cargos o de canonjías como se construirá la fuerza política propulsora de la revolución.

Sin auténtica Contraloría Social no se consolidará la Revolución

Siendo como es la Contraloría Social el medio más importante para derrotar el burocratismo, la corrupción y el clientelismo en la administración pública, emblema de la democracia participativa y protagónica, es inexplicable que en la modificación del artículo 168 se elimina el párrafo que consagra la participación de los ciudadanos y ciudadanas en la planificación, ejecución y control de la gestión de los Consejo Municipales, lo cual de haberse aprobado, habría creado un vacío constitucional respecto de los principios de corresponsabilidad y contraloría social a través de la participación popular. Si bien, se agrega un párrafo que obliga a los Consejos Municipales a incorporar dentro de su ámbito de competencias, la participación ciudadana, ésta la limita exclusivamente a los Consejos del Poder Popular y de los medios de producción socialista. De esta manera, la reforma –en franca contradicción con su propia motivación- propuso estrechar la participación popular en la gestión pública en todas sus fases: planificación, ejecución y control. Es verdad que los Consejos Comunales constituyen una instancia de participación, sin embargo ésta última no puede reducirse solo a dichos Consejos porque de ser así se le podría una camisa de fuerza el desarrollo del Poder Popular en toda su amplitud. Esta omisión plantea un tema que debe ser debatido en profundidad porque toca la esencia del proyecto socialista en lo que se refiere a los mecanismo y niveles de participación popular, a la cual hay que abrirle todas las compuertas sin reservas ni limitaciones porque, tal como lo expresó recientemente el Presidente Chávez, hay que buscar la articulación y la confluencia entre el Poder Constituido y el Poder Constituyente. Ahí está la clave para la revolución se haga invencible e irreversible.

sábado, 6 de octubre de 2007

La socialización de la política: El retorno de lo social-reprimido

Francisco Rodríguez
Universidad de Oriente

Como aspecto fundamental de la vida humana, la política ocupa un espacio muy amplio en el campo de la motivaciones sociales de la gente, aún en nuestros días. Sea como actores protagónicos visibles en "la puesta en escena", o bien como mayoría silenciosa que vive vicariamente lo que transcurre en esta área de la vida social. Más allá de la metáfora de la "muerte de la política" y sólo como eso, podemos hablar del fin de una praxis que constituye el "sustituto simbólico" de lo que la religión fue para la humanidad; al menos en la civilización occidental.

El avance del proceso de des-modernización ha significado fundamentalmente, el advenimiento de un fenómeno de violento desplazamiento de los ámbitos de sentido institucionales que tradicionalmente constituían los principales ejes de referencia de la subjetividad en la vida cotidiana: familia, religión, integración a la vida comunitaria, etc. En este contexto surge la política como sistema integrador clave por excelencia, proveedor de sentido, a propósito de su carácter de estrategias prometeicas de lucha por la conquista y mantenimiento del poder orientado a la realización del "reino de Dios en la tierra". Promesas civilizatorias de la modernidad que se convirtieron, a propósito del desarrollo de las estructuras mediáticas, en el centro de atracción para grandes masas de irredentos en busca de salvación terrenal; pero también en un eje de estructuración del "cosmos" ahí donde lo que reina es el caos. Y es ese el papel que el estado juega en las sociedades modernas cuando asume el rol de sustituto de Dios en una sociedad donde lo que predomina es el desencantamiento de los imaginarios simbólicos tradicionales.

En América Latina en general y en Venezuela en particular, la individualización de la política significa, especialmente desde el período democrático, un sistema de estrategias de agenciamiento de soluciones a problemas individuales: sobrevivencia material, ascenso e inclusión social, logro de aspiraciones crónicamente diferidas en una sociedad con altísimos niveles de frustración y exclusión social.

Sin embargo, en los últimos tiempos podemos observar como la práctica política se ha venido convirtiendo en meras estrategias para conquistar y mantenerse en el poder, que terminan fagocitándose las otras funciones que hacían alusión a las dimensiones humano-sociales que este tipo de praxis social podía contener. Mera lógica para administrar el poder y la dominación, simulacros del poder, juego especular de líderes narcicista-primario- carismáticos, espacio para el despliegue de delirios mesiánicos de redención social que suelen convertir en pesadilla el "sueño" que dicen tener. En fin se trata de una visión y un ejercicio que empobrece la política, reduciéndola a simples efectos de una racionalidad instrumental, lógica binaria que la define en términos de la lucha escatológica entre el bien y el mal, amigos versus enemigos; aunque el imaginario que la recubre puede ser redentorista.

El resultado final de todo esto es un proceso de brutal de-socialización de la política que la transforma en un tipo de actividad ajena a las preocupaciones terrenales de la gente en el "mundo de la vida" que transcurre en los predios de la cotidianeidad. Así entendida, como mera agonística del poder, en vez de herramienta para abrir espacios de participación y convivencia, lo que propicia es el surgimiento de un fenómeno de tribalización que termina cerrando el universo político a funciones mucho más interesantes y enriquecedores como: el ejercicio del poder como arte del gobierno de la sociedad, el uso del poder no solo para dominar como decía Weber, sino también para hacer, crear y transformar; la función de gobierno como propuesta de una ética de la convivencia; entre otras posibles significaciones. La propuesta de reforma a la constitución pudiera ser analizada en este contexto de problematizaciones, sabiendo que todo acto, sobre todo los que se centran en el poder, tienen la intencionalidad propia del sujeto que la concibe, siempre en relación al Otro como competidor o como masa que debe ser conducida por el "pastor".

Esta situación, que es ya estructural, puede generar como respuesta, dos tendencias aparentemente contradictorias: 1.- Repliegue de la gente (mayormente los jóvenes) sobre el sí mismo del mundo privado, narcisismo y culto al cuerpo. Esto podría ser un factor de abstención en el caso de una elección, y 2.-Recuperación de la política centrada en los múltiples espacios públicos de la microfísica social de la vida cotidiana. Este segundo aspecto lo reivindicamos como una salida al "laberinto borgiano" que plantea esta situación. Así podríamos hablar de una re-socialización de la política a propósito de temas como: la cuestión de la reconstrucción de las identidades colectivas, la autogestión de lo público desde lo popular -social-comunitario (no populista), reconstrucción de los tejidos socio-comunitarios y las redes de relaciones-comunicaciones interpersonales, a partir de los cuales podríamos comenzar a fundamentar la participación que aún es un mito. Hablamos de eco-comunitarismo, fomento de una cultura y ética de la convivencia, cultivo de una red de solidaridades y comunicaciones empáticas, reconstrucción de la familia como grupo primario-afectivo de pertenencia, más allá de la ética judeo-cristiana. Y en este aspecto ya estamos centrados en la prevención social de un problema epidemiológicamente grave como es el de la violencia interpersonal. No sabemos si esto es o no socialismo del siglo XXI, pero más que la construcción de una utopía radical, quizás en este momento la necesidad de convivencia sea lo más importante como "cordón sanitario" al caos social que pudiera avecinarse en nuestro país.

Finalmente podríamos decir, como hipótesis de trabajo basada en la experiencia histórica bastante reciente que los líderes mesiánico-heroico-salvacionistas y las vanguardias político-ideológicas que proponen y gestionan macro-utopías radicales del tipo redentoristas, están en grave riesgo de caer en la pesadilla totalitarista y la "metafísica de la política" (huida del terreno concreto de los problemas reales) al ejercer un uso fálico y tanático del poder. Frente a esta perversión necrófila proponemos la construcción de poderes múltiples desde lo local, comunitario y los grupos parciales, para un uso social-libidinal de nuestras potencialidades creativas vitalmente pulsionales.

sábado, 23 de junio de 2007

El imaginario jacobino contra la revolución del poder instituyente


Javier Biardeau R.

Para Marx era claro, siguiendo a Flora Tristan, que la emancipación de los trabajadores era producto de los trabajadores mismos. Era la acción instituyente, revolucionaria, de las clases subalternas la que podría configurar nuevas formas de cooperación social, de ejercicio del poder político y de liberación cultural. Así mismo, en Marx, la “República Democrática” fue concebida como la forma política mas adecuada para alcanzar una revolución de las mayorías. Marx y Engels cuestionaron el elitismo revolucionario, el jacobinismo y el blanquismo, y confiaron en la autoorganización y automovimiento de las clases explotadas para luchar contra el orden despótico y la función de mando del capital.

El elitismo revolucionario durante el Régimen del Terror en la Francia de Robespierre, ha permitido cuestionar la premisa de que se puede hacer libre a alguien por coacción, engaño, manipulación o intimidación. El elitismo, sea de derecha o de izquierda, es una posición reaccionaria. La tesis de la “minoría selecta” que conduce a las “masas” hacia un mejor destino es contraria al pensamiento socialista. Son las masas constituidas en poder constituyente las que pueden establecer el autogobierno popular, hacia la democracia absoluta.

Bush ha sido ejemplar en llevar la destrucción en nombre de la libertad, así como la tesis del destino manifiesto del imperialismo norteamericano. El leninismo y el estalinismo-burocrático fueron ejemplares del elitismo revolucionario, del vanguardismo, de la desconfianza en la iniciativa de las masas cuando su orientación chocaba con la “verdad reveladas” que portaban los “líderes esclarecidos”. Ya sabemos hoy, el contraste radical entre la visión de Marx y Engels contra el socialismo de estado y el elitismo revolucionario, y la visión leninista-estalinista que condujo a defraudar el curso de la revolución socialista en la Unión Soviética desde 1921.

Ante cualquier síntoma de reiteración de los viejos errores del elitismo revolucionario, hay que intervenir en el debate sobre la transición al socialismo. Sin poder popular organizado, sin democracia socialista de consejos, sin movimientos sociales contra-hegemónicos, sin organización popular alrededor de un programa político de transición, el curso de la revolución será secuestrado por una “nueva clase política y económica”. No es en contra de la democracia que se puede instituir el socialismo, y peor aún si es en contra de la democracia participativa, deliberativa y protagónica, una democracia con iniciativa, voz y decisión de las mayorías populares. Los cinco motores tienen que pasar por un debate en el seno del pueblo. No pueden ser decisiones consultadas “desde arriba” sin participación, sin construcción deliberativa en diferentes espacios, de los que opinan las mayorías populares. Existen premisas extremadamente centralistas y verticales en la conducción del proceso revolucionario. Esta revolución desde arriba, hemos planteado, tiene dos expresiones diferenciadas:

1. La dirección del Presidente Chávez como líder con una alta conexión popular y apoyo social a un arco muy variable de sus directivas.

2. Una capa burocrática (con contradicciones internas entre grupos de poder e influencia) que controla el aparato de estado, y que políticamente representa de manera muy ambivalente, tres orientaciones:

a. Los intereses de una.ueva burguesía de estado, parasitaria o para-estatal.

b. Actuaciones de acuerdo a los parámetros re-distributivos/clientelares del populismo histórico.

c. Plantea una transición hacia un nuevo socialismo, con sus incertidumbres y debilidades conceptuales.


Esta conjunción genera la figura de un cesarismo progresivo, y en segundo nivel, un complejo de grupos políticos y económicos que luchan por el control de espacios de influencia y manejo de recursos, con una conducción cruzada por contradicciones, pero que conforma una dirección política con pretensiones de coagularse en nueva clase gobernante. Este es un síntoma evidente de “elitismo revolucionario”.

Hemos afirmado sin ambigüedades que el imperialismo norteamericano viene calibrando que entre las grandes debilidades del proceso de transformación está la alta dependencia de la revolución del protagonismo y conducción estratégica del Comandante Chávez. El momento del líder popular, fundamental en la construcción inicial de una voluntad nacional-revolucionaria, requiere de un segundo momento de auto-organización constituyente del poder popular, que estructure mediaciones y delegaciones revocables de una verdadera democracia participativa, deliberativa y protagónica. Se trata de un segundo momento de afirmación de la ruptura entre poderes constituidos y poder constituyente, de subordinación fáctica de los poderes instituidos a los poderes instituyentes. Esto implica profundizar la democracia protagónica, participativa y revolucionaria, pasando a una fase contra-hegemónica de la democracia:

“¿Se quiere que existan siempre gobernados y gobernantes, o por el contrario, se desean crear las condiciones bajo las cuales desaparezca la necesidad de la existencia de esta división?, o sea, ¿Se parte de la premisa de la perpetua división del género humano o se cree que tal vez tal división es solo un hecho histórico, que responde a determinadas condiciones?”.(Gramsci. Notas sobre Maquiavelo)

Este segundo movimiento implica una democratización del Estado y de la sociedad, una transformación radical de las estructuras de poder estatales y no estatales, consolidando el poder popular organizado como fuerza constituyente. La actuación de una gran personalidad histórica; en nuestro caso, el cesarismo progresivo-revolucionario de Chávez, por más influencia moral y control político que tenga, es insuficiente para el cambio de estructuras económicas, políticas, jurídicas, militares, si no cuenta con el protagonismo de vectores de acción colectiva, con fuerzas políticas y sociales organizadas y unificadas alrededor de un proceso de construcción y ejecución de un proyecto estratégico de transformación, con tareas claras y concretas.

Este cambio de estructuras pasa por la profundización de la democracia participativa, protagónica, deliberativa en una nueva esfera pública, no por movimientos erráticos que tienden a anularla. Se trata de transferir el poder de conducción de los cinco motores hacia el poder popular organizado, de allí que sea el quinto motor y el debate sobre el PSUV los eslabones claves para articular los otros cuatro motores. Sin poder popular organizado, es decir, sin fuerzas sociales articuladas a una democracia de consejos, y sin una mediación partidista que rompa con los formatos del leninismo y del centralismo burocrático, transformándose en una herramienta de dirección política revolucionaria de las mutitudes, la ruta del socialismo puede recaer en una cibernética simple del control elitario de la revolución: una revolución desde arriba, desde una minoría selecta. Las leyes habilitantes deben tener contenido de multitudes, no de elaboraciones de gabinete, la reforma constitucional debe ser un hecho instituyente, abierto a los aportes de los movimientos sociales contra-hegemónicos y a la esfera pública democrática.

Moral y luces debe ser un esfuerzo de movilización de capacidades para dar un salto humanístico, científico y tecnológico a través de una “reforma intelectual y moral” de signo nacional-popular. La nueva geometría del poder debe responder a las demandas de de lo que se denominó inicialmente “descentralización desconcentrada” del poder; esto es, a un proyecto nacional que pueda conjugar la fuerza unitaria de la soberanía nacional, con una desconcentración poli-céntrica de poder territorial. Esto último implica romper con paradigmas de planificación centralizada, incorporando los ejes democráticos, estratégicos y desconcentrados en las actividades rutinarias de la planificación. Todo el poder popular organizado planifica, en pocas palabras. No solo las unidades superiores del gobierno.

De allí la importancia que adquiere el debate sobre la transición al socialismo. Se pretende realizar esta transición sin tomar en consideración las iniciativas de los movimientos sociales, sin catalizar los prerrequisitos del poder popular organizado, o se pretende acelerar este proceso por una vía cesarista-plesbicitaria, centrada en la popularidad del Presidente Chávez. Hasta ahora, el proyecto estratégico, sus contenidos, dirección e implementación se reservan a pequeños grupos de decisión que conforman la dirección revolucionaria real del proceso, que se inclinan a defender sus cuotas de poder e influencia, a coagularse en “nueva clase gobernante”.

Sin embargo, la actuación de una gran personalidad histórica, por más influencia moral y control político que tenga, es insuficiente para el cambio de estructuras económicas, políticas, jurídicas, militares, si no cuenta con el protagonismo de vectores de acción colectiva, con fuerzas políticas y sociales organizadas y unificadas alrededor de un proceso de construcción y ejecución de un proyecto estratégico de transformación, con tareas claras y concretas. El debate sobre la transición al socialismo es un eje transversal de los cinco motores y las siete líneas estratégicas, y el carácter democrático de la transformación socialista está a la orden del día.

La construcción de un poder popular organizado debe ser obra del pueblo mismo, junto con la construcción de ideas, valores, representaciones sobre un programa de transición al socialismo. ¿Qué desea el pueblo por socialismo, que demanda el pueblo por socialismo, que sueña el pueblo por socialismo es algo más que satisfacer necesidades estipuladas por una planificación centralizada convencional? Los pueblos no son simples masas o cifras estadísticas controladas verticalmente por élites que puedan cambiar el rumbo de los acontecimientos políticos. Los pueblos son las diversas manifestaciones de la auto-organización de los sectores populares, con su diversidad cultural inherente, con sus especificidades, con sus necesidades si, pero con sus aspiraciones y demandas. Los pueblos sienten, comprenden, reflexionan, elaboran interpretaciones y juicios sobre los cambios de estructuras que llamamos revoluciones, los pueblos desean ser protagonistas de estas revoluciones, no desean simplemente que los manden, quieren gobernar su propio destino, no que les gobiernen el destino. Allí se abre las compuertas a la democracia contra-hegemónica

El elitista revolucionario parte de la premisa de que los gobernantes revolucionarios sabrían mejor que el pueblo “mentalmente manipulado” lo que es bueno para él. Esto es un terrible error. Se pueden sacar dos ideas en claro de cualquier gobierno que tome esta línea argumentativa:

1) Que el pueblo es entendido como masas que no piensan por sí mismas a priori desde el momento en el que abran los periódicos o prendan el televisor.

2) Que tanto la propaganda privada como la gubernamental influirán sobre dichas masas en igual medida, con lo cual la política se convierte en una lucha por “saber manipular mejor”.

Lo primero anula cualquier posibilidad de descubrir en el pueblo el conocimiento de sus propios intereses y lo segundo, cualquier seguridad acerca de la representatividad de los políticos democráticamente electos.

En las actuales circunstancias, es conveniente revisar la actualidad de las premisas del poder constituyente y de la democracia contra-hegemónica: la auto-valorización de lo humano (el derecho común de ciudadanía para todos en toda la esferas civiles, políticas, económicas, sociales y culturales); como cooperación (el derecho a comunicarse, construir lenguajes y controlar redes de comunicación); y como poder político, es decir, como constitución de una sociedad en la cual la base del poder esté definida por la expresión de las necesidades y aspiraciones de todos. Como ha dicho Negri, esta es la organización del trabajador social y del trabajo inmaterial, una organización de poder político y productivo como unidad biopolítica manejada por la multitud, organizada por la multitud, dirigida por la multitud-la democracia absoluta en acción.