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miércoles, 20 de febrero de 2008

No más armas: construyamos la paz*


ESTEBAN EMILIO MOSONYI


Sin abundar en verbosidades, puedo asegurar que he realizado una contribución sustantiva a echar los fundamentos al proceso de transformación sociohistórica que hoy vive y tanto necesita nuestro país, Venezuela. Ello se hace especialmente evidente en lo que concierne a los derechos constitucionales de los pueblos originarios, al reconocimiento pleno de las culturas populares y a toda su concomitancia ambiental: la biodiversidad y la sociodiversidad como valores y metas insoslayables. Soy, por tanto, defensor entusiasta de la Constitución bolivariana de 1999, así como copartícipe y difusor en el país y en el extranjero de las realizaciones y proyectos emanados de ese articulado y de las normas legales complementarias. Pero, así como es verdad que hemos logrado múltiples avances, también es cierto que en los últimos cinco años se percibe una merma y cierto grado de estancamiento en todo este ámbito, que dejó de ser una verdadera prioridad.

Señalaré tan sólo algunos indicadores.

Falleció recientemente uno de los dos últimos hablantes del idioma caribe mapoyo en la comunidad amazonense de El Palomo; y, a pesar de que todos sus miembros hacen esfuerzos heroicos por recuperar lo mejor posible su cultura e idioma a través de talleres y otras actividades, no hay manera de lograr un mínimo apoyo de los organismos regionales y nacionales competentes.

Asimismo, el importante trabajo que viene realizando la Dirección de Educación Indígena desde el Ministerio del Poder Popular para la Educación no ha logrado todavía generalizar la Educación Intercultural Bilingüe, por falta de presupuesto y problemas de coordinación intra e interinstitucional, entre otras dificultades.

Los afrodescendientes de Güiria, Macuro y El Callao están tratando de revitalizar su francés criollo o patuá, similar al de Martinica, junto con una valiosísima configuración cultural antillana que nos hermana con otros países de la región. El entusiasmo de las comunidades no conoce límites, pero el apoyo oficial tarda en llegar mientras los ancianos y ancianas que atesoran estos conocimientos van falleciendo uno tras otro. Al haber alguna respuesta institucional ésta suele restringirse a la sempiterna y protorrepublicana "falta de presupuesto". Pero al mismo tiempo me entero de que los 3 submarinos que le compraremos a Rusia costarán 1.400 millones de dólares.

También dispondremos de un buen acopio de misiles.

No voy a ser tan fundamentalista como para pedir que el país deje de comprar armamentos. Pero creo modestamente que debe haber una proporcionalidad mínima, a favor de las iniciativas para la paz. Pienso, no obstante, que el asunto debe examinarse bajo otro punto de vista.

Si, por desgracia, llegase el momento de tener que utilizar esas armas de guerra, ¿los muertos en acción pertenecerían al Estado Mayor norteamericano, a la oligarquía colombiana o a cualquier enemigo nuestro de mucho peso específico? Evidentemente, no: ahí se encontrarían cadáveres de hombres y mujeres jóvenes, también de niños, adultos y ancianos, desfigurados por los explosivos; venezolanos y de otras nacionalidades, procedentes mayoritariamente de las clases y segmentos más desposeídos.

Veríamos ciudades y pueblos derruidos, culturas milenarias acabadas, especies biológicas extintas, ecosistemas irrecuperables para tiempos venideros. No niego que Venezuela está bajo la mira de fuerzas e intereses imperiales, pero ¿tendrá sentido responder con las mismas armas del enemigo? ¿Puede hablarse realmente de "batallones" para la paz? Frente a tales interrogantes, la mejor respuesta que se me ocurre es utilizar todas nuestras energías para construir una sociedad más justa, humana, diversa, ambientalmente equilibrada e intrínsecamente pacifista. De lograr algún éxito en esa noble empresa, será supremamente difícil para el enemigo interno o externo hacer valer cualquier pretexto para someternos a una invasión que nos reclame tanto sacrificio ambiental y humano.

*Publicado en El Nacional, 19/02/2007, p. A-12

lunes, 24 de diciembre de 2007

Del unipersonalismo a la gestión colectiva



Esteban Emilio Monsoyi



Los que creemos firmemente en un proceso de transformaciones de índole progresiva que necesita el país –y que el tiempo dirá si revisten un verdadero carácter revolucionario– no fuimos muy sorprendidos por los resultados de la consulta electoral del 2-D ni nos sentimos angustiados ante el futuro próximo. Ya se han analizado con cierto detalle una serie de razones que llevaron al rechazo de las dos propuestas cuya aprobación podía significar una diferencia considerable en la configuración del proyecto político global que orientaría y encauzaría en lo fundamental el rumbo que iba a tomar Venezuela durante los próximos decenios.

En lo personal, hace tiempo vengo expresando algunas inquietudes y objeciones –creo que con suficiente fundamento– sobre las cuales no es el momento reincidir. Pero sí me gustaría recalcar algo que –si mi capacidad de análisis no me engaña– a raíz de los resultados reviste un significado básico: parecería que esta vez la historia nos brinda la oportunidad de pasar de una gestión casi netamente unipersonal a la conformación de una labor transformadora mucho más colectiva, desde los niveles de compactación de esfuerzos hasta las expresiones decisorias dentro de la dinámica del quehacer nacional.

Tendría muchas cosas a qué referirme, pero me voy a concentrar en lo que se ha llamado el aporte indígena y afrodescendiente a un proyecto socialista de alcance nacional y aun continental.

Es totalmente cierto que la Constitución bolivariana del 1999 visibilizó a los pueblos indígenas, definió los principales parámetros de sus derechos colectivos e impulsó notablemente su participación creciente, así como el logro de una serie de objetivos que ya estaban sobre el tapete desde hacía medio siglo.

Por su lado, el artículo 100 de la propuesta presidencial sobre interculturalidad y diversidad intentó por vez primera poner de relieve la existencia y las notables contribuciones de los afrodescendientes venezolanos y sus múltiples comunidades.

Mas, en forma simultánea, hubo ot ros a r t ícu los que apuntaron más bien hacia el sobredimensionamiento del presidencialismo en sus diferentes acepciones, un nuevo mapa territorial insuficientemente consultado que introduciría cambios sustanciales desde la jefatura del Estado, el supeditamento de los poderes nacionales y de las más importantes instituciones al Poder Ejecutivo, tal vez sin percibir suficientemente que si en algún momento la Presidencia de la República caía en manos de un extremista de derecha –pongamos por caso– los daños que podría causar tal tipo de mandatario serían irreparables.

Como el espacio no permite mayores análisis en nuestro contexto, permítaseme subrayar solamente que un buen número de artículos de ambos bloques estaban todavía demasiado crudos para poder someterlos a un referéndum tan abarcante, ambicioso y definitorio, cuando no definitivo.

Lo que me resta poner de relieve fue la omisión de profundizar la verdadera potencialidad de las aportaciones de estos pueblos originarios de los continentes americano y africano que quisiera resumir aquí sólo en sus aspectos más generales y fundamentales: el máximo respeto de la mayoría de estos pueblos por los valores ambientales y de sostenibilidad del modelo de desarrollo que hayamos de implantar; la capacidad milenaria de mantener sociedades de amplio consenso, amor por el diálogo fraterno más allá de la mera tolerancia y respeto; toma de decisiones colectivas de las que ningún miembro de una comunidad puede sentirse excluido, la redistribución de los bienes sin necesidad de despersonalizar la familia o descaracterizar al individuo.

En resumen, estamos reflejando la experiencia pancrónica y pantópica de miles de sociedades donde la unidad no impuesta desde arriba, pero tampoco solamente espontánea, ha sido y seguirá siendo la regla: algo inmejorable ante la crisis planetaria, el armamentismo, la violencia y la persistencia de la miseria que no parece ceder en el llamado Sur del pequeño y opaco astro que nos alberga.


*Universidad Central de Venezuela